Mis vacaciones (de verano) en el pueblo

“Las mujeres están para ser gustadas. Después,

unas se dejan, otras no… Eso va ya por provincias”

                                                         Camilo José Cela

 

He de reconocer que esta entrada se ha hecho de rogar aunque, previamente, he debido sacudirme el polvo de los caminos y de las cebadas trilladas, atrapar de una vez por todas al abejaruco apedreado de mil piruetas, remojar la planta de los pies en un bálsamo curativo y aspirar, más que tomar, una sólida botella de agua. Es el peaje catalán de todo caminante y, prófugo de mí mismo, he ambulado harto bajo el sol estos pasados días, más con mi voluntad, siempre vehemente, que con mis pies. Como quiera que sea, tras recobrar el aliento y enjuagar la lengua, ya de inicio me confieso nostálgico de la buena conversación, la buena mesa y las horas descansadas con ese mortecino descuento de los minutos en provincias.  

 

Como ya avancé en mi última entrada, me fui a Palencia y los tópicos no defraudaron. En efecto, Palencia es una provincia que devora El norte de Castilla, llora las desgracias con Cruzcampo y esconde sus ahorros en Caja España, la del recio astado. Imparte tantas lecciones de nacionalismo como la Catalunya autónoma, siendo una especie de reserva espiritual como el vernáculo Vic. En otro orden de cosas, Palencia es sobria, adusta (como se dice de todo castellano), noble, no promueve la picaresca inválida de Valladolid, pero es también descreída, por mucho que abarrote las iglesias en una necia muestra de piadoso cinismo. En la capital, la Bella Desconocida se continúa irguiendo espléndida y, por eso, algunos seguimos, secretamente, enamorados de ella.   

 

A partir de estas bases, conocidas de antemano, he aprovechado mis días castellanos y me he sometido a una terapia de sol paseando por los campos agostados mientras la chicharra se me reía en los oídos, turbándome y electrizándome a mi paso por los encinares. Por las noches no podía quejarme de las quemaduras cuando cerraba las ventanas, me enfundaba el pijama de invierno y la colcha me cubría hasta las cejas. Ante lo que pueda parecer, en el pueblo se encuentran temperaturas extremas amabilísimas para conciliar el sueño. Además, he podido someterme a un frenesí pantagruélico gracias al cordero lechal, los chorizos en aceite, el huevo frito de la cena y los mantecados, el conejo de caza y los calabacines de la huerta, el jamón de la matanza y el vino añejo de la bodega. Huelga decir que, visto así, no regreso del todo solo.

 

Y es que uno puede irse a provincias con lo puesto para luego dejarse sembrar de dudas la cabeza y empecinarse en buscar las esencias del Románico o del “Rock pagés” (aunque nunca las vanguardias, siempre tachadas de extravagantes en estos pagos, como si el tosco mudejarismo de la iglesia parroquial del pueblo no fuera una herejía a la que todos nos abonamos). Digo que irse a provincias requiere un ánimo ligero y cualquier alma telúrica y bovina puede descender en cuestión de segundos hasta partirse la mandíbula contra el mármol. Ahora bien, reintegrarse a la urbs, remontar esos riscos civilizadores con piolet o a pedaladas -ahora que somos campeones olímpicos esta mención es de recibo- después de unos días de vida conventual, requiere un temple, un savoir faire en los asuntos del tiempo y de la digestión. En puridad, un arte. De ahí mi tardanza en presentar esta entrada.  

 

Pero antes de dejar atrás estas tierras castellanas quiero consignar algunos momentos inolvidables, como cuando capté con mi cámara unos zorros que haraganeaban entre las mieses y cuyo conocimiento conmocionó a todo el pueblo. O cuando un águila que estaba alimentándose de un conejo muerto sobre la carretera desplegó sus enormes alas ante nosotros para luego perderse en el horizonte. Asismismo, recuerdo con una sonrisa a aquellos gitanillos de Valladolid que, con el agua hasta las rodillas, pescaban cangrejos en el Esgueva y que, entre picotazos, nos mostraron su botín. Por no hablar de ese cura, escuchante de la COPE, enemigo de Gallardón –según me contó-, que citaba a Stalin, como ejemplo de perversión, en sus homilías (¡pero no citaba a Franco!, digo yo). Finalmente, dejo constancia de la discoteca digna de Toni Manero, del ron con cola en los billares, de la combinación de tetas de plástico y tractores verdes (que no amarillos –desde la famosa canción ya no se venden) y de los trigales donde mi primo detuvo el coche para que yo devolviera a la tierra lo que no es más que tierra.

 

No puedo olvidarme de que en el transcurso de mis andanzas, y como camino penitencial de reintegración a la vida urbana, di con mis huesos en la Expo de Zaragoza. Mis lumbares todavía hoy me reprochan la osadía. Me estaré volviendo viejo pero esta Expo exige demasiadas horas de colas a la solana, como una siega paciente y manual, hambrienta y sudorosa. Si sirve de algo mi consejo, no vayais a la Expo. No vale la pena si tenéis que viajar expresamente para visitarla. Si, aun así, vuestro irredentismo os somete, siendo inútil cualquier intento de disuadiros, estos son los pabellones que yo entiendo más interesantes: España, Andalucía, Aragón, Marruecos y Japón. Otros que no vi y que me recomendaron fueron Alemania y Corea.

 

Para terminar mi carta, como el Cela de Viaje a la Alcarria, “el viajero se siente poeta y tira de lápiz”:

 

En la vega una perdiz

Y en el monte un cabritillo

Son reclamo suficiente

Para venir a Castrillo.

 

Aquí hay águilas reales

De nobles plumas y picos,

Raposos huidos del hombre,

Jabalíes con colmillos

Que asustan cuando los galgos

Huelen su sangre en los trigos.

 

El conejo y el hurón

Son jurados enemigos

Se baten en la cebada

La remolacha y el trigo

Mientras el cazador bebe

Junto al arroyo su vino.

 

También vuelan vencejos

Del palomar al molino

Y en las paredes de adobe

Tiene el gorrión su nido

Mientras los gatos sestean

En los tejados hundidos.

 

Ya en la tarde, el pastor lleva

Los carneros al aprisco

Los perros rugen y ladran

A los hombres del casino

Y los chicos ríen, juegan

al frontón y pegan gritos. 

 

En la vega una perdiz

Y en el monte un cabritillo

Son reclamo suficiente

Para venir a Castrillo.

…te desea un feliz verano

A estas alturas de la partida, no te voy a lanzar un or dago, ese vasquismo tan nuestro que en romance es “ahí está”, pronunciado con esa pétrea, espiritosa y solemne voz de los euskaldunes. Yo no ostento la arrogancia natural de los norteños, por mucho que el alarife no deje de ser un jactancioso empedernido. Así que, ante las últimas conversaciones a cerca de si voy a acabar dando con mis huesos en algún lugar de Asia, la conclusión no es apostarme el resto a una jugada, sino que para este envite albergo muchas dudas.

He aquí una oferta un tanto inquietante:

 

http://www.todoele.net/trabofer/TrabajoOf_maint.asp?s_keyword=&s_

pais=Jap%F3n&s_nivel=&TrabajoOfId=370

Asimismo, y en espera de un futuro que, aunque latente, vegeta en el largo plazo, te voy a hablar del presente:

- Esta es la última entrada que vas a encontrar en el mes de julio. Este próximo fin de semana me marcho al pueblo de mi padre, en Palencia, y estaré con mi familia alrededor de una semana. Mi intención es visitar algunos sitios y espero tomar unas cuantas fotografías. Me espera un surtido de embutidos y guarniciones varias que para sí quisiera la cocina de Arguiñano. ¿Quién habla de grasa? Eso no es grasa, son losas de mármol que van a atrincherarse entre mis costillas y que, para arrancarlas, voy a tener que conjurarme con el mismísimo diablo.

- De allí, y aprovechando el camino de regreso, realizaré una parada en Zaragoza, donde también tengo familia, y quizá me acerque a la Expo. Quizá.

- Regresaré a Barcelona fregando el final de mes porque el día 31 de julio por la tarde tengo que ir a ver al conserje del edificio donde voy a trabajar todo el mes de agosto para que me entregue las llaves y me dé las últimas indicaciones.

- Por tanto, durante el mes de agosto me podréis encontrar, de lunes a viernes, mañana y tarde, en el tajo. Ya indicaré la dirección exacta porque ahora no tengo el número conmigo. No es necesario indicar que se agradecerán las visitas, sobre todo vespertinas.

- Dada mi ausencia hasta el mes de agosto y el hecho cierto de que no sé si voy a poder conectarme a internet hasta entonces, os aviso que, a partir del sábado día 19 de julio, no me comprometo a responder ningún correo o a moderar los posibles comentarios en el blog.

Y esto es todo. Pasad un buen verano, allí donde estéis. Nos vemos pronto.

Correspondencias desde el Manicomio de Sant Boi (Roger): “Conservando el equilibrio”

Esta entrada la podéis leer merced a la estimable colaboración del amigo Roger. Hacía tiempo que el tema de la amistad se había vuelto recurrente en nuestras conversaciones nocturnas y etílicas y él, tan avispado como contundente en sus argumentos, ha querido dejar por sentados una serie de principios a partir de los cuales podamos entablar un pequeño debate. He aquí, pues, su texto, acompañado de una imagen del conde Orlok:

Siempre desconfié de aquellos que loan la amistad como un afecto personal puro y desinteresado, de aquellos que alardean de poseer verdaderas relaciones personales que creen que nunca perecerán, incluso bajo cualquier circunstancia adversa, contra viento y marea. No se puede tratar en términos absolutos cuestiones de esta índole, subjetivas en esencia y especialmente pantanosas. Aún así, vaya por delante mi respeto a este tipo de pareceres, demasiado idealistas para mi gusto. A partir de aquí, me dispongo a materializar mis pensamientos sobre ello.

La génesis de la conexión amistosa puede ser espontánea o forzada (entiéndase aquí planificada, no obligada), es decir, en el primer caso las causas son accidentales y en el segundo, por lo menos, una de las dos partes tiene la voluntad de establecerla. La fortuna y los elementos suelen palidecer ante los intereses, llamémosles estimativos, sociales, intelectuales… Si esto sólo ocurre en uno de los sujetos, éste se convierte en activo y su escogido en pasivo, de modo que el trato avanza a medida que el receptor practica el laissez faire y acaba implicado. Si los dos son activos, huelga decir que la intensidad de la relación progresa geométricamente.

Con el paso del tiempo se tiende a minimizar estos inicios en favor de un aprecio que oculta las necesidades que han forjado la unión. Pero es fundamental no olvidarlas, pues no hace falta intimar con el mismísimo Conde Orlok para percatarse de que cuando los inconvenientes superan a los beneficios, la relación se cuestiona. De mantenerse así, termina siendo frustrante y la rotura es segura. O eso o se cae en adicciones a ciertos individuos que nos vampirizan y anulan como personas.

En el mundo de las parejas se puede aplicar la misma argumentación, aunque aquí se prioriza la subsanación de carencias sentimentales y sexuales, y el amor entra en escena. La irracionalidad de esta entrega sin condiciones nos vuelve a esconder lo mencionado en los dos últimos párrafos y a menudo impide obrar en consecuencia. En una etapa ya más estable empieza a aflorar la realidad.

Negociar las cesiones de libertad hasta encontrar un punto de armonía satisfactorio para ambos es la única salida airosa. Esto es de recibo para cualquier trabazón social. La opinión de personas ajenas a la amistad o a la pareja también puede ser útil por su supuesta objetividad, la cual debe ser calibrada en su justa medida.

A pesar de todo lo expuesto, en el fondo somos tan ingenuos que nos acabamos solazando con una Fanta de naranja y emocionando cuando Cobi desaparece volando en su barco de papel (¿qué cojones hacía allí montado, o acaso no sospechaba que le iban a dar puerta?).

PATERAS

La Nación española es la reunión de todos

los españoles de ambos hemisferios”

Art. 1, Constitución de Cádiz, 1812

Otro año llega el calor veraniego a la península y otro año, como es costumbre, las pateras, como las medusas, se acercan al litoral español para estibar su mercancía de hambre. Las autoridades españolas y europeas lo saben de antemano pero se muestran reacias a enmendar una situación que empieza a ser ineluctable. El año pasado, incluso, algunas pateras alcanzaron las costas de la isla de Mallorca. Toda una proeza que nos retrotrae a otro tipo de huidas, en sentido inverso, allá por el siglo XIX o XX. Claro que uno tiene la sensación, probablemente engañosa, de que en otras épocas, donde las costas estaban menos vigiladas, los desembarcos eran más seguros y bajo el mando de un patrón experimentado. La fotografía, del año 1949, desmiente este punto.

El fenómeno de las pateras es gravísimo porque rebaja al ser humano a los niveles más espurios. El hombre se convierte en un montante de dinero, el que puede pagar para que las mafias remolquen las pateras hasta alta mar. En cuanto ese hombre, generalmente del África negra, se moja la espalda en el Atlántico o en el Mediterráneo olvida su nombre y nacionalidad y se abandona a la lipotimia o a la insolación. Este hombre sólo es futuro, un futuro incierto que, unas veces, es un cadáver junto a una cifra en el cementerio marinero; y, otras, es un náufrago que reposa sobre el piélago coralino de las Canarias. Tal vez, a los más afortunados les espere la miseria abusiva de las ciudades occidentales.

Sin embargo, lo que está lejos de toda incertidumbre es que algún día, más pronto de lo que pensamos, una generación de españoles huérfanos tras el desembarco, o que hayan atravesado el estrecho en los vientres de sus madres, nos preguntarán el porqué de esta insensatez y por qué no hemos actuado como correspondía a una sociedad que nos sabemos fundada sobre valores humanísticos. Y nosotros, los que para entonces seremos un poco ancianos, ante estos planteamientos claros y directos, no hallaremos otra respuesta que accionar el interruptor de la luz y dejar correr el agua dulce de los grifos.

Girona

Murallas de girona

- Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la carne de gato dicen que no es mala.

Benito Pérez Galdós, “Gerona”

¿Qué gente enemiga puebla sus adarves?

Rafael Alberti, “Baladas y canciones del Paraná”

Querido J:

Salvador Dalí y Josep Pla, dos de los más conspicuos catalanes y ampurdaneses del siglo XX, nunca fueron bien asimilados por la Catalunya autónoma. A ésta siempre se le atragantaron los inconformistas y, por eso, desde sus inicios, allá en los ochenta, la Generalitat ha paladeado con mayor asiduidad a un Tàpies o a un Martí i Pol, dueños de una mansedumbre más agradable al régimen. En cambio, una marabunta de turistas y la crítica literaria internacional, con evidente perspicacia, desmienten un día tras otro la opción digestiva de la Generalitat. Y es que en este país, por muy buenos deportistas que nazcan, siempre se ha padecido de desequilibrio alimenticio.

Con estos precedentes en el morral, hace unos días, acompañado por mi primo Esteban y su amigo Carlos, con un coche improvisado, una calzada sobre la que quemar caucho a destajo y música, mucha buena música soplando en los oídos como un avispero, llegué a la provincia de Girona. De nuevo, mi obsesión por el paraje natural del Cap de Creus y sus diminutas calas donde los piratas esconden sus tesoros de turquesa y ámbar; Sant Pere de Rodes y el castillo de Sant Salvador, desde donde un ojo apunta a Berbería y, el otro, medio bizco, a la Francia templaria; el Cadaqués adormecido entre la inimitable luz blanca de su iglesia-fortificación y los olivos que descienden entre bancales hasta Port Lligat; la bahía de Roses y el aletargado remojo de sus arrozales y de los humedales de la Muga y el Fluvià… ¿Qué te voy a contar que no puedas, algún día, ver con tus propios ojos?

Con todo, hoy y aquí no voy a hablarte ni del Empordà ni de Dalí, ni siquiera del maestro Josep Pla. Te voy a relatar la modesta noche toledana que viví en la ciudad que flota entre el Ter y el Onyar: Girona. No fue, como quieres creer, querido amigo, una incursión etílica o una escaramuza contra la policía autonómica. No. Fue, a mi entender, mucho mejor que todo eso junto aunque ganas, haberlas haylas.

Todo empezó cuando, después de dar cuenta de unos bocadillos de anchoas en la plaza de la Independència, los tres nos dejamos arrastrar por la ascensión obligada hasta la catedral y el casco viejo. El viento apenas se dejaba notar entre los callejones de la judería aunque el sopor de la cena invitaba a estirar las piernas. Esteban se quedó abatido –¿el mal de Stendhal?- por la belleza indescriptible de esos callejones serpenteantes bajo arcos ¿de volta catalana? y no perdió la ocasión de transitar, en un repetido subir y bajar, por sus escalones. La Catedral, por la noche, se erigía majestuosa sobre esa escalinata que para sí quisieran las nobles ciudades de Italia y el parque de la Devesa, mohíno, se dejaba acunar por las frías aguas del Ter. Tras caminar un buen rato, Carlos propuso, para mi sorpresa, un recorrido nocturno por los adarves de la muralla, tal y como, una vez, él había realizado.

De inicio, me extrañó la propuesta. Yo conocía ese recorrido de una visita anterior pero me sorprendía que los adarves fueran accesibles durante la noche, habida cuenta de que, a los pies de la muralla, encontramos algún rebaño de adolescentes bebiendo entre vómitos recientes. Finalmente, nos animamos y buscamos insistentemente un acceso. Como yo pensaba, no hallamos ninguno abierto.

Estábamos a punto de regresar al coche. Sería medianoche. Al llegarnos hasta un sendero que se perdía, entre unos matorrales de extramuros, hacia una completa oscuridad, reté a Carlos a adentrarse. Se trata de ese tipo de apuestas que me entusiasman pero para las que, normalmente, no encuentro oponente. Ni corto ni perezoso, Carlos se adentró en el sendero y Esteban y yo le seguimos jaleándolo entre bromas y risas. A partir de ahí avanzamos por un auténtico laberinto de escaleras, jardines fragmentados, tapias recubiertas de enredaderas y puertas de hierro que traspasaban la muralla. El lugar era increíble. Nos encontramos bajo la luz de la luna llena y los reflejos lejanos de las farolas y, mientras tanto, las campanas de la catedral tañían, a lo lejos, desavenidas con los espeluznantes graznidos de los cuervos. Huelga decir que yo empuñé mis manos y estaba preparado para hacer frente a un eventual asalto de los espíritus del más allá y, quizá, del más acá. Recé a mis dioses, como es preceptivo en tales momentos, y evoqué esas escenas de Vinuesa que nos describió el Bécquer más prosista y, para mí, más romántico.

Afortunadamente, el peligro pasó y encontramos un acceso a la muralla. De lo contrario, creo que no hubiéramos sabido retroceder. El adarve de la muralla gerundense es angosto, no pueden circular dos personas a un mismo tiempo, aunque el conjunto está restaurado y no supone ningún peligro. La parte orientada a extramuros es más alta y está salpicada por una sucesión interminable de aspilleras y almenas que dejan traspasar algo de luz y, en cada acodo, sobresale un matacán. Una vez en el adarve de la muralla, empezamos a recorrerla, en silencio, como una procesión sin cirios ni novenas. A nuestra izquierda, Girona se nos abría, entre oscura e iluminada, provinciana y universal, y un viento fresco del norte enjugaba nuestras nucas.

A partir de aquí, poco más hay que añadir. Tras quince minutos caminando, nos encaramamos a una torre y nos topamos con la primera presencia corpórea: una pareja que, recostada contra un antepecho, conversaba en francés y trataba de ocultar su miedo al ver aparecer, de la nada, a dos tipos espigados de 1.90 y a quien te escribe esta carta. Evidentemente, acabábamos de interrumpir algún tipo de juego amatorio, si se me permite el eufemismo. Para terminar, tras otros veinte minutos, llegamos hasta el otro extremo de la muralla, habiéndonos tropezado únicamente con otra pareja que caminaba en sentido contrario y un grupo de okupas que, en un terrado contiguo, tomaba sin tregua.

Ciertamente, la muralla de Girona bien vale tu visita, aunque sea nocturna.

Con mis mejores deseos,

j.

Algunas fotos de mi viaje por la Costa Brava

Estas son algunas fotos de mi reciente viaje por la Costa Brava. La primera corresponde al monasterio de Sant Pere de Rodes. La segunda es una vista panorámica del golfo de Roses tomada desde las ruinas del castillo de Sant Salvador, el cual se encuentra a pocos minutos caminando desde Sant Pere de Rodes. La tercera es la enésima estampa de Cadaqués con su iglesia-baluarte. Proximamente contaré algunas historias interesantes.

Ho Chi Min y la selección española de fútbol

En un grueso volumen escuetamente titulado “Memorias” Santiago Carrillo nos recrea el día en que conoció a Kim Il Sung, el déspota dictador norcoreano, y también cuando, en un viaje posterior, tuvo el placer de saludar al célebre Ho Chi Min. Para entonces, este último ya era considerado un héroe de la liberación colonial de Vietnam. En dicho libro Carrillo no tiene ningún reparo en defender regímenes abominables como el norcoreano. En este sentido, el “viejo león comunista” sigue siendo un revolucionario irredento. A propósito de las “Memorias” de Carrillo, pienso que no tienen desperdicio y que merece la pena hojearlas. Entre otras razones, como era de esperar, el antiguo secretario general del PCE se defiende de las acusaciones, procedentes de la historiografía franquista, de estar detrás de la conocida matanza de Paracuellos del Jarama. Lo cito porque sé que a alguno le interesan estos temas.

 

El otro día me acordé de todos estos viejos comunistas cuando, estando refugiado bajo un andamio por culpa de esta lluvia primaveral que nos ha bendecido durante cuarenta días, un chico vestido con una camiseta roja grabada con la efigie y nombre de Ho chi Min se acercó a saludar a uno de mis acompañantes. El chico portaba un mástil con la enseña tricolor y nos reveló que su objetivo, pese a la lluvia, era manifestarse ante la embajada de la Unión Europea. Pido perdón por mi ignorancia, pero todavía no sé de qué embajada se trata. Si alguien lo sabe, con un comentario en esta entrada podrá dar solución a mi curiosidad. Gracias.

 

Sea como sea, es evidente que algunas viejas glorias se resisten a morir y persisten en dar un coletazo tras otro en una agonía sin tregua. Ahí está la banda terrorista ETA, a la que muchos se resisten a dar al olvido puesto que, en el fondo, si no existiera ETA habría que inventarla. Aun así, la primitiva parafernalia marxista de ETA actualmente es un cascarón demasiado endeble como para ser tomado en serio: una pantomima de mal gusto cuyo apoyo por parte de algunos incautos se nos tendrá que explicar, algún día, ante un tribunal que quizá debiera parecerse al de Nuremberg.

 

En cambio, a veces también, el pasado reciente, ése que parecía tan real como indestructible, está completamente inerme. Sin ir muy lejos: la guerra fría y a la división del mundo en bloques antagónicos, donde el régimen franquista se situaba claramente en contra del bloque comunista. Como secuela pintoresca de este pasado olvidado, ahí tenemos el enfrentamiento en la Eurocopa de fútbol entre la selección española –la “roja” según los medios del grupo PRISA- y su homóloga Rusa. Hace treinta años la heredera de la URSS era el enemigo declarado del régimen franquista y hoy, sin embargo, nadie ha recordado la enemistad política entre ambos estados, que lo era también entre las dos Españas. Hoy nadie la ha recordado, por mucho que el grupo PRISA se empeñe, con una clara vocación política, en convocar a los seguidores de la selección española en la plaza “roja” de Colón (hay veces que la toponimia genera binomios de una sensual exquisitez) y por mucho que a don Federico se le lleven los demonios porque la camiseta de la selección española esté teñida de rojo. Aunque, quizá, lo que pasa es que el de la COPE, sabedor de que el control del lenguaje es básico en todo combate, se mira el “revival” dialéctico de PRISA con esa irrefrenable inquina del converso. Del converso “rojo”, claro.

Últimas noticias

He aquí mis últimas noticias:

1) Gracias a Juan he encontrado un trabajo para el mes de agosto. Es como conserje en un edificio de vecinos en Barcelona. El otro día fui a conocer al portero oficial y parece que todo será muy tranquilo. Después de ese mes espero conseguir el paro, aunque quizá no me lo concedan. El porqué es largo de explicar y no merece la pena.

2) Rehusé trabajar durante el mes de julio, también como conserje, puesto que mi intención era asistir al curso de preparación para el nivel D de catalán que la UB ofrece cada verano. El problema fue que, cuando fui a matricularme, ya no quedaban plazas. Esto es algo realmente extraño. Ante la ausencia de una oferta alternativa, he decidido dedicar el mes de julio a lo que más me gusta: vivir ocioso. Así sigo la estela de amigos como Toni de Eivissa.

3) Actualmente, mi primo Esteban y un amigo suyo han venido a pasar unos días a Barcelona y estoy todo el día de un lado para el otro. Aun así, intento mantener un cierto ritmo de lecturas. Por contra, he dejado de ir a correr por las mañanas.

4) Si mi amigo Toni se encuentra en perfectas condiciones físicas, os comunico que junto a su compañía y a la de algunos más pienso festejar esta “joie de vivre” enrolándome en esa bacanal estival de los Samfermines de Pamplona. Acto seguido, pienso visitar Bilbao y, cómo no, el restaurante de Arguiñano en Zarautz.

5) Del mismo modo, es posible que viaje con mis padres al pueblo de mi padre y, de camino, haga un alto en Zaragoza y visite la Expo. Pero esto no es seguro.

6) Finalmente, aprovecho para felicitar a las siguientes personas, Jordi, María y Carlos, por los objetivos personales que han conseguido en los últimos tiempos. ¡Que siga la racha!

Buon Appetito

El día transcurría apaciblemente y, pasada la sobremesa, invitaba al paseo vespertino. Era un domingo extraño, de estos que nos ha deparado un mes de mayo lluvioso y, como nunca, frío. Toni y yo quedamos para darle rienda suelta a nuestra locura y, al final, Ely también se nos unió. Sin rumbo fijo, los tres caminamos desde la Universitat hasta les Rambles y, de ahí, hacia la estatua de Colom y el barrio marinero de la Barceloneta. Fue un paseo plagado de intermitencias, puro turisteo de rambla mientras las floristeras nos sonreían ufanas ante el lustroso muestrario de flores primaverales y yo no podía dejar de adorar esa maravilla del agua de mayo.

Por otra parte, y con la colaboración de mis amigos, a lo largo del camino fui tomando algunas fotos hasta que, perezoso, me cansé del juguete. Hace semanas que prometí enviar algunas fotos de Barcelona a mis amigos neozelandeses y, cada vez que tengo oportunidad, cargo con mi cámara y me lanzo a la caza. La verdad es que me están quedando unas fotos muy bonitas, como la que se puede contemplar en esta entrada, donde aparece el barrio de la Barceloneta visto desde el Port Vell.

Una vez llegados a la playa de la Barceloneta, quisimos ir al Santa Marta a solazarnos con unos zumos pero, cómo no, el bar estaba abarrotado de clientela joven y despreocupada sin la menor intención de desalojo. Toni propuso, a toda costa, esperar a que se abriera algún hueco en la terraza pero Ely y yo comenzamos a sentir una comezón en nuestros vientres que indicaba que la cena estaba próxima. Después de convencerlo, Toni nos comentó que conocía un restaurante cercano donde podríamos satisfacer nuestro apetito a un precio razonable. Se trataba de un lugar del que Toni me había hablado hacía tiempo pero que, por una razón u otra, yo no había podido visitar. Encaminamos nuestros pasos en dirección montaña y, tras callejear unos minutos por la Barceloneta, ya estábamos ante la puerta de entrada del Buon Appetito.

Espero que no os abandonéis al tópico. Me explico: todos sabemos que, habitualmente, los restaurantes italianos de Barcelona son propiedad de argentinos. En cambio, los del Buon Appetito proceden de la piccola Italia. Esto no debería, en principio, ser una garantía de calidad, habida cuenta de que muchos argentinos son descendientes de italianos y, a menudo, son mejores cocineros, pero ahí dejo el dato. En lo que respecta a las dimensiones del local, el Buon Appetito es un restaurante muy pequeño, con la cocina en la entrada y donde apenas hay espacio para que transiten los camareros. La distribución es un poco extraña porque, tras la cocina, hay algunas mesas; luego, a la derecha, tuerce un pasillo con algunas mesas; y, finalmente, hacia la derecha, de nuevo, se abre otra pequeña sala, junto a los lavabos. 

El Buon Appetito ofrece un variado surtido de pizzas, además de la consabida selección de pasta y ensaladas de todo buen restaurante italiano. Según cuenta Toni, la masa de la pasta la preparan en el propio restaurante. En cuanto a los postres, al parecer disponen de una combinación de preparados caseros e industriales.   

En lo que respecta a nuestra cena, Ely se pidió una pizza con butifarra cuya combinación no me acabó de convencer, aunque se notaba que el grosor de la masa era el adecuado. ¡Gran consuelo para los amantes de la pizza! En el caso de Toni, éste encargó la ya habitual ensalada -plato que nunca falla en un establecimiento como este- y, por mi parte, hice caso a mi amigo y comensal y solicité una focaccia junto con penne a la boscaiola que, la verdad, me supo riquísimo. De postre, convencimos a Ely para que probara el Tiramisú y, al final, acabamos comiéndonoslo, a dentallada limpia, entre los tres. Se encontraba realmente rico. En cuanto a la bebida, aunque solicitamos agua, me pareció leer que disponían de algunos vinos como el Lambrusco y de algunos cócteles internacionales como Caipiroskas.

Ciertamente, mi conocimiento del restaurante es limitado, pero lo suficiente como para afirmar que, en cuanto pueda, haré una nueva incursión en su carta, cuidada y razonable. El restaurante es limpio y el servicio es amable y diligente. No es el lugar adecuado para una cena romántica ni para una cena con muchos comensales, dada la estrechez del local. Por otra parte, está bastante concurrido aunque Toni cree que no es necesaria la reserva en viernes y sábado noche. Desconozco el día de descanso.

Con todo, estoy a la espera de las posibles rectificaciones de mi amigo y comensal.

He aquí los datos completos:

Pizzeria – Restaurante Buon Appetito. C/ Maquinista, 52. T. 93 268 40 16. Metro Barceloneta, L4.
Precio medio: yo calculo que, por 3 platos, unos 18 euros por persona.
Puntuación (según la tabla de valoraciones ideada por chef Toni): 3 palillos d’or

Sostres, de nombre Salvador

Querido J:

Acabo de leer a Sostres, de equívoco nombre Salvador. Sabes bien quién es. Capaz de las disquisiciones más demagógicas y adoratriz de Federico desde la no tan evidente lejanía ideológica. El caso es que sigo desde hace tiempo las desventuras de Sostres a partir de sus artículos publicados en su blog y en su columna del diario AVUI. También he podido seguirlo en alguna de sus apariciones en Canal Català, donde, al parecer, es contertulio habitual de un programa de sobremesa. Genio y figura, ciertamente. Además, he coincidido con él en más de una ocasión en un bar que ambos frecuentamos (él más que yo) pero nunca le he dicho “esta boca es mía”, quizá porque uno, como dijo Vázquez Montalbán, llega una edad en que es responsable de su propia cara.

No descubro nada si digo que Sostres es un tipo insolente y malhumorado que doblega la realidad catalana hasta unos límites elegíacos que me sobrepasan. Simpatizo, en parte, con su inclinación a desbrozar ese lenguaje políticamente correcto con que el falso progresismo nos ha martilleado en los últimos años. Y permítaseme decir falso porque es el que, lamentablemente, se llevó el gato al agua al final de la Santa Transición (ya ves, mi querido amigo, todavía quedamos crédulos de tiempos mejores). En definitiva, lo que vengo a decir es que, por mucha distancia ideológica que me separe de Sostres, ahí estoy en su misma trinchera, si es que esto es una guerra.

No obstante, nunca he compartido su elitismo infantil (que, a su edad, demuestra que ha transpirado poco por las axilas) ni, por supuesto, sus ideas santurronas contra una España que odia, aunque su fortuna familiar evoque el linaje de los vencedores sarriatenses del 39. En especial, no comparto su recurrente desprecio a lo que él no considera “prou català”, esa garantía de marca. Un menosprecio que, aunque debe tolerarse en aras de la libertad de expresión, a menudo traspasa las lindes de la educación más elemental y desemboca en el inadmisible racismo. Pues bien, esto último se ha vuelto a repetir en su entrada del día 28 de mayo llamada “Equatorians” (www.salvadorsostres.com) donde el articulista del AVUI se explaya sin complejos, exudando clasismo por las cuatro barras.

Esto viene al caso porque no es la primera vez que Sostres sigue la estela de los ínclitos Heribert Barrera y Marta Ferrusola, dechados de virtudes catalanistas y democráticas (sic), si es que ambas forman un binomio perfecto e indeclinable. Ya en enero de 2008, desde su blog lanzó un apoyo entusiasta a un artículo de Enric Vila (http://www.enricvila.net/blog.asp?sbb=1&dat=1/21/2008) donde éste divagaba sobre la inmigración actual con una aspereza que rayaba el ultraje.   

Por suerte, en referencia a esto último, Ciutadans se ha puesto las pilas (aunque tarde y mal) y ha presentado una propuesta de resolución al Parlament de Catalunya con el fin de que se condenen las manifestaciones de racismo de Vila y Sostres de enero de 2008. Una propuesta que, dicho sea de paso, no contará con el respaldo del resto de grupos políticos, creo que con la excepción del PP.

Por un lado, de CiU y de ERC no me esperaba menos. En definitiva, Sostres no ha escrito nada que algunos de los militantes nacionalistas, los menos pero a la vez los más ruidosos, no suscriban punto por punto. Por lo que respecta a estos partidos políticos, nada nuevo en lontananza.

Por otro lado, algunos agradeceríamos que los grupos parlamentarios del PSC y de ICV-EUiA, que se dicen progresistas (de los de verdad, no de los de mentirijillas), no se limiten a votar en contra y que, al menos y para salvar algo la cara, aleguen un voto negativo razonado. Y muy razonado tendrá que ser para que algunos no volvamos a sentir, por enésima vez, vergüenza ajena. 

En la próxima carta te prometo más alegrías.  

Saludos cordiales,

j.

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