Agradecimientos

De repente, me despierto de la siesta y recito el nombre de cien guerras olvidadas como cien autores malditos que rabiaron ante los ladridos de un perro. Me incorporo a mi escritorio y empiezo la lectura frenética de mis papeles, que son los mismos que tú sostienes en tus manos. Tú y yo leemos, al alimón, el mismo papel y articulamos las mismas sílabas. Tú te deslizas por los renglones con tu cadencia morosa y yo, con la mía, eléctrica y voraz. Finalmente, desacompasados, he esperado a que me alcanzaras después del primer punto y aparte. Tú crees que me estás leyendo pero, en realidad, me relees. Yo leí por ti cien veces lo que escribí primero. Además, en este texto no hallarás sólo las 252 palabras ni los 1.248 caracteres que te indica la opción “contar palabras” del Word. La informática demuestra aquí su superficial naturaleza. Vas a releer, a través de mi lectura minuciosa, otros tantos sustantivos y proposiciones resultado de mi dilatada guerra contra las formas. Se trata de la escoria producida por mi trabajo perfilado de alarife.

Te agradezco tu lectura porque me hace compañía. Contigo, EL COMPÁS DEL ALARIFE cobra su sentido último, indispensable. Mi mayor mérito estribaría en persuadirte de que mi compás no traza líneas desorbitadas sino eficaces arquitecturas. Ahora debo liberar las palabras atropelladas en mi mente y descansar mi hombro sobre la paz de los diccionarios. Un sueño ligero me acomete con su oleaje de niebla y decido acabar este texto como empecé: repentinamente.

 José A. Moreno

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