Hace unas semanas me mudé a Mudanyuan, un barrio que, como Wudaokou, también se escribe con r. Alrededor de mi edificio está lleno de hutones y desde mi casa al metro hay una calle sin aceras y escasas alcantarillas por la que paso a menudo. En sus márgenes se suceden una serie puestecitos callejeros de pinchitos de carne, fruta y otras delicias que en este lugar son poco recomendables para estómagos delicados. Mi diagnóstico lo certifican unos pollos que corretean entre los bajos de los coches o chapotean en el lodo negro de las alcantarillas atascadas antes de que alguien decida que están mejor entre carbón humeante…
No obstante, no todo son maravillas en mi barrio. El otro día paseaba con Sara por esta calle de la que hablo cuando, a un lado, había sentado un negro que estaba rodeado de chinos en su postura habitual de espera: en cuclillas y sobre la entera planta de los pies. ¡A ver si puedes! Hasta aquí bien, aunque quiero precisar que los chinos no estaban robando al negro ni, creo, lo estaban engañando. Para empezar, el negro era un negro negro, de África central, nada de negro pintado con leche de ese tipo que abunda por las Américas, tipo Obama, que para mí no es negro, sino mulato. En Pekín hay muchos negros negros y destacan como luciérnagas entre la marea amarilla. Sobre todo, los que yo he visto o he conocido son estudiantes de élite de países como Mozambique o Camerún. He escuchado que los chinos los tratan mal, que no los quieren, pero vete tú a saber si es verdad. Nuestra historia lo desmiente, ya que los chinos reían y charlaban alrededor de este negro que a mí me transportó al top manta de Barcelona, a un Biutiful pekinés, pues el negro vendía relojes y razonaba en mandarín con sus potenciales clientes, no sé si más atraídos por el insólito vendedor que por su mercancía.
Que los relojes fueran caídos del camión o falsificaciones en el país de las falsificaciones no reviste la menor importancia para nuestra historia. Tampoco vale la pena que hablemos del top manta. Esta forma ilegal de venta está tan extendida en este santo país que no supone ninguna sorpresa. Lo que es de una importancia capital, lo que nos tiene que llamar poderosamente la atención es que Pekín se está internacionalizando a pasos agigantados. Hoy le compras un rolex trucado a un negro y mañana vas a un restaurante francés y te atienden camareros ‘du pays d’Oïl’ con un ‘ni hao’ terminado en un segundo tono. Al principio, será exótico, esa llamada a lo exótico que proviene de las gargantas de un público chino adinerado que desea embriagarse con los encantos del extranjero. Después, como siempre pasa, estas cosas serán normales, de una vulgaridad mayúscula, como una sueca dorando sus rosados pezones en una playa alicantina.
No os extrañe que, dado como van las cosas en España, dentro de pocos años veamos a algún español avispado dando cuatro capotazos en la calle Wangfujing, que es el Portal de l’Àngel pekinés, a 1 kuai el capotazo. Uno, dos, tres (flash, flash, flash)… y ¡olé! Según se mire, sería un buen complemento para las clases en el Cervantes.
(No puedo colgar fotos porque mi conexión es muy lenta. Lo haré desde otro ordenador cuando pueda)