Era el cumpleaños de S. y nos fuimos al zoo. Yo estaba muy ocupado aquellos días, pero se lo había prometido y allá que nos fuimos, en una mañana de jueves cálida y hermosa que presagiaba la primavera. El zoo de Pekín no está lejos de casa, a un golpe de metro con cambio de línea en Xizhimen. Se encuentra instalado en un gran parque atravesado por un canal –uno de tantos que recorren Pekín- y un acueducto que es el metro, línea 4, bajo el cual están colocados los monos y los osos.
En el zoo de Pekín vimos al oso panda en reclusión, dando saltitos y comiendo bambú, cercado su escondrijo por decenas de padres felices ante la sonrisa angelical de sus retoños. También vimos a las panteras, a los tigres y a otros gatos salvajes tristes y enjaulados que ya no respondían ni con un gruñido a las provocaciones toreras de los visitantes. Tampoco respondía el gato montés, y eso que le hice un pase de verónica para que me reconociera…
S. y yo dimos de comer a las avestruces, a las cebras, a los carneros y, si nos hubieran dejado, a las serpientes, las pobres, que se veían tan peligrosas como aburridas en aquellas peceras lóbregas y desaliñadas. Por regla general, las condiciones en las que se encontraban los animales eran malas, sobre todo en lo que respecta a la ausencia de espacio. ¡Pobres rinocerontes!
Tal vez debido a esto, en algún caso nos encontramos con jaulas que combinaban distintas especies y que me acabaron por convencer de que existe un gusto chino –o un mal gusto, si lo prefieres- que se manifiesta en todos los planos, hasta en las jaulas del zoo. Por ejemplo, esa jaula compartida entre una especie de mapaches y un gallo de corral que cantaba el nuevo día a eso de las once de la mañana. Fue memorable ver aquel gallo esbelto, lustroso, rodeando con sus patitas amarillas a las crías de mapache. ¿Les enseñará a cantar y a picotear como los amos del corral? ¿Lo tendrán encerrado allí los trabajadores del zoo como castigo por sus muchas felonías entre el género gallináceo?
No obstante las risas, siempre presentes en China, la mañana no fue tan fructífera como nos habíamos propuesto, pues los chimpancés y los gorilas estaban durmiendo (‘duermo de once a tres’, dice el cartel) y no pudimos verlos, aunque ellos eran el principal objetivo de la visita. S. se quedó muy triste y yo lamenté que no tuviéramos tiempo para esperar ‘al despertar’ de las tres. La próxima vez le diré a S. que los despierte a gritos.
Después de la mañana que nos hizo en el zoo puedo decir que el invierno está llegando a su fin. Lo noté en las costuras de la ropa y en la mirada irritada de los rusos que visitaban el parque. Dentro de poco desembarcará el verano y nos aplastará durante 6 meses, tras la semana de primavera que, anualmente, Pekín se permite como un lujo importado.
Quién lo iba a decir, pero creo que voy a echar de menos el invierno. Sé que me he hartado a criticarlo, temerlo y combatirlo, pero – será por masoquismo- ahora me gusta. Si hago la lista de elementos invernales que echaré en falta, obtengo los siguientes: esa calefacción de casa que me recibe como a los reyes tras un fatigoso viaje; esa manta que me cubre tiernamente por las noches y que no permite que pase ni frío ni calor; la ausencia de mosquitos y, sobre todo, de cucarachas (las estaremos esperando, que no se confíen); y, en fin, la fresca bocanada de aire al salir a la calle que desentuma mis extremidades y permite el paseo sin calores incómodos.
Le he dicho a S. que volveremos al zoo para ver a los chimpancés y a los gorilas, pero que ya será en otoño; que ahora vienen las tormentas de arena y el calor empieza a colarse entre los sobacos. Cualquier día de estos, sin darnos cuenta, el Gobi nos abraza con su lengua de fuego y nos achicharramos como en un huo guo con mucho picante.

Nacho dijo:
21 marzo 2011 a 8:18
Pues vaya horario más raro para dormir que tienen los monos. ¿Duermen de día cuatro horas y nada más? Qué son, ¿parientes de pocholo?.
membretes dijo:
21 marzo 2011 a 2:40
Yo no soy primatólogo, pero diría que en el cartel sólo anuncian las horas en las que coinciden el merecido sueño de los gorilas con el horario de apertura del zoo. Si hay un experto entre los lectores, que lance un gruñido.
Jordi T. dijo:
24 marzo 2011 a 7:31
Será gorilas en la niebla…