Mandarina IX: Pekín, de nuevo

Querido J:

Ya ves, parece que fue ayer cuando llegué a Barcelona y ya estoy de nuevo en Pekín preparándome para encarar un nuevo año lleno de retos. Esta vez Pekín me ha recibido gris, muy gris: las fachadas grises, los árboles grises, las caras de los pocos transeúntes grises y la nieve, ¡también ella! , gris. Nada escapa al color íntimo de esta ciudad, tal como el azul omnipresente en Barcelona o el amarillo dorado en Sevilla. ¿Y París? ¿De qué color será París?

Como en un viaje de ida y vuelta, en la maleta me he he traído un tablero, con sus correspondientes fichas, del juego indio del parchís. De madera de buena factura, grande -que se vean las casillas y destaquen los colores-, para cuatro personas, nada de parchises para seis u ocho que, más que un parchís, parecen un abrevadero donde se apiña el ganado. Lo compré en un chino de la calle Pareto y no me negarás que es paradójico, ya que en China no conocen este juego, aunque, tras las primeras impresiones, deduzco que no les ha fascinado, por mucho que ayer nos dieran las tantas tirando los dados y moviendo fichas. ¡Qué será que ya nadie juega al parchís! Con lo bonito que es comer y contar veinte… Será porque el tablero no tiene lucecitas. Aunque a una gente que no tiene diente para el turrón o los mantecados tampoco vamos a otorgarle demasiado crédito, ¿no te parece? También, y sin merecerlo, les he traído queso, jamón serrano, salchichón, almendras tostadas con sal… Si no les gusta, ya me lo comeré yo, aunque aguardaré unas semanas para dejar que mi estómago recupere posiciones.

Estos días hemos estado de fiesta. La semana pasada fue el festival de las lámparas. Se come tangyuan, que son unas bolitas rellenas con algo dulce. Yo también las he comido, pues uno tiene que acostumbrarse a las cosas del lugar en el que vive, sobre todo si es comida y uno es glotón. Tampoco vamos a decir que me hayan obligado… Sin embargo la fiesta, o, tal vez, a propósito, se ve poca gente en la calle. Entre otras razones, muchos estudiantes todavía no han regresado a Pekín, y recuerda que yo vivo en un barrio de estudiantes. El viernes, de vuelta a casa en taxi, a eso de las 2 de la mañana, la ciudad parecía desierta, sólo desmentida por sus neones, todos de un rojo absurdo.

El jueves, mientras empecé a escribirte esta carta, se estuvo armando aquí un petardeo que ríete tú de una noche de solsticio de verano en una playa valenciana. Hasta saltaban las alarmas de los coches. Para muestra, esta fuente que fotografié. Se ve que fue el último día en que estaba permitido tirar petardos, por aquello de la contaminación, aunque todavía hoy se oyen algunos. Entiendo, pues, que el gobierno chino permite que nos asfixiemos durante unos días, pero a partir de una fecha determinada nos permite respirar algo parecido a oxígeno… ¿Seguro? Recién aterricé apenas se oían petardos y había una niebla, digna de Londres, que daba hasta miedo.

Como no empecé a trabajar hasta ayer, el pasado viernes nos fuimos S. y yo a visitar la Ciudad Prohibida. Sé que no hace mucho dije que no la visitaría hasta justo antes de irme de China para siempre, así que no te asustes: todavía sigo por aquí, este es mi sitio. El caso es que en estos días no se me ocurría nada mejor que hacer, dado el frío pekinés, y yo soy tan práctico como Groucho Marx con promesas de este tipo. Tras mi visita puedo decirte que la ciudad prohibida destaca por sus dimensiones desorbitadas, incluso hoy. Por otra parte, me han gustado mucho sus gatos y los muros sin repintar.

Te dejo, pues, querido amigo, con las humildes novedades de mi vuelta. Como ves, son pocas y previsibles. La vida le pasa a uno con una rutina cierta y callada y, al calor del hogar, me dejo arrullar por la modorra de los días de frío. Esperaremos la primavera y su apostólica alegría.

Aguardo paciente tus nuevos descubrimientos. Porque una cosa es cierta en todo viaje: antes o después, los habrá.

À bientot,

Y.Zh.

P.D: más adelante te escribiré sobre mis impresiones barcelonesas, todavía demasiado recientes.

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