Mandarina VII: Esto es la risa

Risas para las viudas y los húerfanos,

risas para el mendigo y el leproso,

risas para los chinos y para los judíos […]

 Me compraré una risa, León Felipe

Todavía no he comprado ninguna risa, y eso que en China deben de andar baratas, algo así como a doscientos yuanes el minuto, veinte yuanes más si incluye carcajada. De todas formas, no necesito comprarla, pues, desde que llegué, en cualquier momento -al doblar una esquina, al recorrer un andén del metro, apoyado en una barandilla, sentado en una terraza- la risa puede asaltarme y hacer de mí una caricatura.

Pekín sigue siendo, tras siete meses de estancia, una sorpresa deslumbrante, unos fuegos artificiales que me iluminan bajo el sol. La alegría que se alimenta de esta risa me ha dado la fortaleza, el vigor y también la esperanza. Creo que es un ingrediente fundamental de mi vida pequinesa y, por eso mismo, te lo presento aquí, en esta ágora donde tú y yo nos cruzamos de vez en cuando.

Ésta es una risa muy deseada, como se desea la lluvia en la huerta murciana o que el sol nos deje salir de la cueva veraniega. No es una risa elemental, forzada por una situación difícil, aunque a veces lo parezca; no se desliza por la superficie, sino que se sumerge en las profundidades de mi subconsciente y despliega ante mí un catálogo de risas antiguas -en las que tú estás- con las que se compara y de las que se alimenta.

En esta risa es esencial la solidaridad. Porque las risas solas son como la masturbación de las mandíbulas. De esta risa compartida sabe muy bien G, con quien he reído hasta herniarme. Yo creo que G, si vuelve a Pekín, será porque añora los buenos momentos vividos en este parque temático de la risa. También lo saben bien R. y M, quienes compartieron unos días conmigo en Pekín y saben que, con este humor por bandera, tengo un trapo limpio y seco con el que envolverme en los momentos malos.

Pese a todo -y a diferencia de lo que pudiera parecer-, yo me tomo la risa muy en serio, como el que se coloca el termómetro en la axila para saber si tiene fiebre. Yo soy un tipo fundamentalmente serio, aunque, a veces, me dé por gastar bromas extrañas, como aquella noche de turcos que te relaté tiempo ha… Debido a esta sequedad de mi carácter, desde que estoy aquí huyo de los proxenetas de la risa –que diría Mario Benedetti-, de esos que inventan chistes entre los claroscuros de una pista de baile. También huyo de esas risas volátiles que se generan a rebufo del alcohol o de los cigarros de la risa. Huyo, en fin, de esas risas hipócritas de alterne, de las risas pagadas de las putas y de las risas impostadas de las camarillas alrededor del líder.  

La risa que a mí me gusta es la de mi estudiante coreano, una risa todavía crédula que es como un grito desde la infancia estrangulada; o la risa dulce y suave de las chinas sencillas de provincias cuando hablan con un laowai por primera vez, más allá de los diálogos de sus sueños. Es esa risa cándida, nerviosa, difícil de controlar; es esa risa de la primavera de la vida; una risa donde se expresa toda la inocencia de China, una inocencia que bien se alarga hasta edades insospechadas, como si en China no se acabara uno de hacer adulto, o como si el tramo adulto de la vida lo administrara la sede central del Partido. G, acertadamente, bautizó este país como ‘el país de los pitufos’. G. ha dicho muchas cosas sabias, pero pocas tanto como ésta.

Dicho esto, podrás pensar que he venido a China a reírme de los chinos y pensarás bien. Yo no me río con ellos, sino de ellos: de sus ‘peculiaridades’, de su comportamiento insólito –para mí, claro-, de, ¡qué carajo! lo raros que son. Me río de que no les importa hacer tonterías y de que otros las vean; incluso no les importa que yo me ría de ellos y que, encima, se lo explique. Siempre hay una comunión bonita en esos momentos… En definitiva, podrás pensar que me río de ellos como quien se ríe de las monerías de los monos del zoo, o como hace cualquier turista paternalista que viaja para ver bailar a los negritos del Congo. Lo podrás pensar y estás en tu derecho de pensarlo. En vez de prohibírtelo, te invito a reír.

No obstante, cuando me río de los chinos, ¿acaso no me estoy riendo de mí mismo, de mi yo como hombre entre los hombres, de la condición humana en toda su ancha definición? Tal vez, más que reír, esta risa mía es la expresión de la alegría esencial de mi vida, de las hondas y poco meditadas razones que me mueven a seguir levantándome cada mañana. Creo que el día que deje de reír por algo o por alguien; o cuando todo me parezca monótono o previsible, entonces será el momento de abandonar este país. Me llevaré la risa conmigo –una risa que se está convirtiendo en itinerante- y, allá donde me encuentre, la defenderé ante todos y contra todo, incluso, si cabe, de la risa obligatoria, como León Felipe nos enseñó.

(Dedico esta entrada a mi amigo Emi: porque nunca nos falte tu ejemplo como bastión contra el pesimismo)

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