Queridos amigos:
Es verano y muchos de vosotros estáis a punto de comenzar las vacaciones; otros, en cambio, ya habéis empezado a disfrutarlas. ¡Os deseo unas felices vacaciones! En esta entrada de verano os pienso hablar, en primer lugar, de Shenzhen y Hong Kong. No fueron unas vacaciones, pero me harán las veces. Y en segundo lugar, os hablaré de mis últimas noticias, algunas buenas y otras no tanto.
Los días en Shenzhen han sido bonitos, plácidos, alegres y cómodos. Buen hotel, buena comida, buenas compañías… Como podéis ver en la primera foto, visité las playas y aproveché para darme un bañito. En el trabajo, entablé amistad con un chico de Beijing y espero que, a su regreso a la capital del norte, podamos reanudarla. Si tengo que resumir la ciudad de Shenzhen, diré que es una ciudad de palmeras y rascacielos. Todavía no es Miami, como yo todavía no soy Sonny Crockett, pero no descarto que dentro de nada la nueva ‘Corrupción en Miami’ se ruede en Shenzhen…
A partir de aquí, poco más que decir. Shenzhen es una ciudad nueva, nacida al calor de las reformas políticas de finales de los años 70. Toda la población es inmigrante, especialmente del norte de China. Por eso, en Shenzhen, a diferencia de lo que dije en mis primeras impresiones, se habla mayoritariamente mandarín, la lengua común de todo ese mosaico de chinos del norte que hablan ‘dialectos’ diferentes. Esta ciudad se ha construido alrededor de la frontera con Hong Kong, a la que aspira parecerse algún día, aunque, por ahora, sólo la gana en espacio y en pretensiones. Shenzhen tiene metro y su última estación termina en la aduana. Aprovechando mi estancia, un día me desperté prontito y me escapé a Hong Kong.
Para empezar, diré que Hong Kong es una ciudad de mil demonios. Estuve unas nueve horas y vi tres cosas: el Buda de bronce (ver mi cabeza y su cabeza, juntas para siempre, en la tercera foto), la zona de oficinas de la isla de Hong Kong (cuarta foto)y una parte de Kowloon. La subida al Buda de bronce (segunda foto) es muy recomendable: son veinticinco minutos de teleférico que te llevan desde la ciudad hasta la misma naturaleza. Entre medio, las grandes vistas panorámicas del mar y de varias cascadas de agua que resbalan entre una vegetación tropical. Precioso.
La isla de Hong Kong o, mejor dicho, el centro financiero de Hong Kong es insoportable. Está lleno de rascacielos concentrados en calles estrechísimas que, por supuesto, están pensadas como si fueran autopistas. Las aceras son solitarias y nadie camina por ellas, sino por unas pasarelas que están a un piso de altura y que conectan un edificio con el otro, con lo que no hace falta tragar el humo de los tubos de escape caminando a pie de calle (yo me empeñé en esto último, pues me gusta sentir el suelo bajo mis pies, pero, finalmente, desistí). Cuando visité la isla de Hong Kong era domingo y aquello era un cementerio de plástico y hormigón del que, en cuanto pude, deserté con viento fresco tomando un ferry en busca de un lugar húmedo, lleno de escaparates y de luces de colores. Ese lugar era Kowloon.
Kowloon está al otro lado del mar, ya en tierra firme. Kowloon tiene también calles estrechísimas y edificios altos y en las aceras apenas caben tres personas codo con codo. Si tenéis claustrofobia, es mejor no ir. Lo que más me gustó de Kowloon fue su parque, un auténtico oasis dentro de la ciudad. En Kowloon pude comprar algunos libros y husmear en algunas tiendas. No me dio tiempo para mucho más. Tomé el tren de vuelta y a las diez de la noche estaba en mi habitación en Shenzhen. Todavía pude dormir unas horas antes de despertarme para ver la final del mundial entre España y Holanda.
En cuanto a mis noticias laborales, quiero que sepáis que en el Cervantes, hoy por hoy, no se me tiene en cuenta. Sus razones tendrán para contratar a otras personas, en vez de a mí. A diferencia del Cervantes, en la Universidad de Lengua y Cultura de Beijing (Beiyu) no han tenido problemas a la hora de contratarme: empiezo a dar clase a dos grupos de alumnos a finales de agosto. El curso durará hasta noviembre, a razón de diez horas semanales. Asimismo, es probable que consiga una alumna que quiere un intensivo de diez horas semanales hasta diciembre y que me podría dar bastante dinerito. Si sale esto último, podré mantenerme en China durante mucho tiempo. Finalmente, estoy a la espera de aclarar mis horarios antes de contratar a un profesor particular de chino. Con el trabajo de la Beiyu conseguido, la segunda prioridad es el aprendizaje del chino.
Un caluroso abrazo,
Y.Zh.



