Los perdedores de la Historia

Querida M:

Me imagino que desde tu provechoso exilio ginebrino –y rousseauniano, diría, yo- no estarás al tanto de las últimas tribulaciones que destilan de mi fecunda herida cotidiana, aun cuando antes de partir es seguro que tuviste ocasión de degustar alguna de mis empalagosas disquisiciones. Así pues, no te extrañará que te confiese que, ahora que he probado el CAP en carne propia, siento que me sorbe la delicia sabatina como una esponja estrangulada.

Sin embargo, permíteme que antes de hablarte del CAP te relate algunas de mis conexiones más extravagantes. El caso es que desde hace algún tiempo me vengo entregando al séptimo arte con desacostumbrada pasión aunque, dicho sea de paso, también con el fin de entrenar mi menguado oído en los relieves de la lengua inglesa del mismo modo que los sordos ejercitan la yema de los dedos para leer en Braille. Aunque, a diferencia de los ciegos, mis resultados son exiguos, digamos que la afición espolea al estudio, o viceversa, y después de ver tantas películas uno no sabe qué extraño ahínco le impulsa a darse un chapuzón tras el objetivo de Hitchcok o de Kubrick. ¿Será la envidia burguesa e insulsa del crimen perfecto? ¿El entusiasmo viril, activado por un arcano genético, por la acción violenta y desasosegada? ¿La mezquina aspiración a remotos paraísos, a amores desenfrenados, a retorcidas pesadillas? Who knows, dear…

Ayer por la noche me volví a entregar a este mi pequeño vicio con“¿Quién teme a Virginia Woolf”, una película actual aunque atesore 40 largos años, con Elizabeth Taylor y Richard Burton como actores principales. Ambos realizan el papel de un matrimonio de borrachos cuarentones entregados a una decadencia a la vez enternecedora y turbulenta. Ella es la hija del rector de la universidad y Burton es profesor agregado de Historia. Burton, además, como su mujer le echa en cara, “está estancado”. Para ser exactos, ella le llama, despectivamente, “swampy”, que es algo así como cenagoso o pantanoso. Agreguemos, para completar el cuadro, que, gracias a este matrimonio, Burton consiguió la plaza de profesor. Lo que me llama la atención en este momento es que en la película la figura del profesor de Historia se conjuga con la del profesor perdedor. De hecho, en la trama hay algunas alusiones que señalan que la identificación no es inocua. Por todo ello, no he podido dejar de acordarme de mis compañeros del CAP.

Desde la célebre capitulación de Boabdil no creo que se hayan vertido sobre las páginas de la historia lágrimas tan nobles de decepción como las de los jóvenes graduados de este país. Francamente, creo que, entre los perdedores de la historia de España, además de los que cita Fernando García de Cortázar en su reciente libro, se encuentran las nutridas hornadas de licenciados en Historia que la universidad española está apilando junto a la pira funeraria de las ETTs. Hornadas que, en el mejor de los casos, se ocultan tras el mostrador de una oficina de aire macilento y, como diría Ovidi Montllor, repiten “Sí, senyor” como subidos sobre un muelle desportillado.

Es cierto que, cuando estos jóvenes, antaño ilusionados, se alistaron en esta guerra, sabían que estaba perdida de antemano y que sólo unos pocos aguerridos podrían alcanzar la gloria. Y, aun así, se entregaron a una causa maldita sin esperar ningún tipo de prebendas porque quien no es comunista con veinte años no tiene corazón, o eso dicen algunos. Gracias a la perspectiva que da el tiempo yo me pregunto: ¿acaso en primero de Ingeniería a los alumnos les devora un cuervo el corazón?

Sólo guiados por el placer mimético de escuchar y contar cuentos, la embriaguez espejeante de las historias de chirucas contadas al calor de las hogueras, la joie de vivre de una adolescencia etílica y apremiante, la nostalgia privativa de los corderos que van al degolladero… de esta suerte, los jóvenes historiadores se consagraron a una querencia que, como los amores de los tangos, paga mal.

Visto esto, no me vengan con eso de que la Historia es para mentes esencialmente racionales. Tú lo has escuchado tantas veces como yo y te has debido de sonrojar ante tanta calumnia. Porque las paradojas del destino nos señalan que la Historia, aun la más positivista, ¡la elaboran los más utópicos de los estudiantes! Aceptada la secular resistencia al cálculo de estructuras, a los futuros historiadores les hubiera sido poco gravoso atreverse con las leyes o con la administración de empresas: acolcharse contra el vil consuelo del vil metal y, cierto es, descorchar unas merecidas botellas de cava tras el suplicio. En cambio, y pese a la presión ambiental, se dejaron seducir por el hechizo de Sheherezade pensando que el idilio con la Historia iba a prolongarse mil y una noches. No contaron con que el sultán Shahriar estaría allí, al final de la jornada, para impedirlo. No me gustan los lemas sesentayocheros pero es que ser joven y entregarse al placer no debiera constituir ningún delito.

Así pues, como en la fábula de la cigarra y la hormiga, estos camaradas historiadores que me acompañan en el CAP se encuentran a sí mismos con una mano delante y otra detrás; víctimas de un ERE o, a veces, con trabajos a dos euros la hora, como en el CCCB; algunos casados, con hijos, hipoteca y monovolumen. Cuando empezaron, ¿quién les iba a decir que, a sus treinta y algo, la Historia vendría a rescatarlos aupada sobre el flotador de la docencia?

Serán incautos si creen ver en esta nueva profesión su viejo sueño de juventud. La Historia, tal y como la van a tener que entender a partir de ahora, es una mujer deshecha, arrasada en su interior, juguete despeñado de los arrabales, una furcia cazadotes que se maridaría con el primer chulo que le pagara un trago. Y es que, querida amiga, a mis compañeros del CAP les llega el sueño, tarde y pesado, con una carga triste y humeante de vagoneta de carbón.

Je t’embrasse,

j.