Para empezar, y desde mi agujero de ciudadano de a pie, quiero dar las gracias a la ultraderecha española por su pertinaz homenaje a la bandera. Asimismo, quiero dar las gracias a los llamados “antifascistas” por ser, como cada año, puntuales a esta ya vieja y casi diríamos antediluviana cita. Gracias a todos vosotros gran parte de la ciudadanía democrática no puede, por un mero acto reflejo de dignidad, celebrar el día de hoy con naturalidad; gracias a la incautación de la bandera, por parte de unos, y a la amenaza física a cualquiera que la exhiba, por parte de otros, esta fiesta es un auténtico fiasco.¡Enhorabuena!
Aparte de estos grupos de indeseables que, como en las representaciones de moros y cristianos, se dedican a recrear tiempos (¿tal vez mejores?), a los ciudadanos demócratas no se lo pone fácil el gobierno de España, que es quien ostenta el mando político de las fuerzas armadas. Está claro que el problema no estriba en que se celebre una parada militar porque este acto se organiza en todos los lugares de la tierra donde el hombre tiene miedo de otros hombres y decide armar un grupo de soldados profesionales. El problema, a mi juicio, es que la parada militar se convoca, justamente, el día de la fiesta nacional de España. Y esta coincidencia, con el tomo de la Historia de España contemporánea en las manos, es un error que los ciudadanos no se pueden permitir. Además, de todo ello, y con razón, se aprovecha ese histriónico bufón de los nacionalismos periféricos. Un bufón, no obstante, que el día que consiga la independencia emulará dicho error, si cabe, con mayor pompa y estridencia.
Pero la coincidencia con la parada militar no sería el único envés de este día.,el cual parece que nació esquinado. Otra coincidencia, nada inocente, es la que marca el calendario eclesiástico: el 12-O es también el día consagrado a la Virgen del Pilar, otrora llamada “Patrona de la raza”, que, desde principios del siglo XX –si la memoria no me falla- es considerada la patrona, además de Aragón, de España. Nada tengo en contra de la Iglesia católica pero esta coincidencia con la fiesta nacional no hace ningún bien a la España contemporánea en la que el laicismo ha sido un bien tan escaso como efímero. Como puede deducirse, la espada y la cruz –ésta, hogaño muy subrepticiamente- se entrelazan en una fecha que, de la misma manera que exigíamos para el día de la comunidad autónoma de Catalunya, debe ser una fiesta cívica de carácter integrador y no excluyente: una festividad laica de la democracia.
En el cúmulo de los despropósitos, dicha fecha es, asimismo, el día señalado tradicionalmente como el del Descubrimiento de América. De hecho, el 12-O fue, antes que nada, el día del Descubrimiento, y la triple coincidencia con la parada militar, el día nacional y la celebración religiosa es posterior. Que la fecha en que Rodrigo de Triana avistó tierra americana, por primera vez, coincida con la fiesta nacional de España no puede dejar indiferente a nadie, pues el Descubrimiento es un eslabón de primerísimo orden en la posterior conformación nacional de España. Y, como tal eslabón, no está exento de controversia.
Por un lado, esta coincidencia entre la fecha de la llegada de Colón a América y la de la fiesta nacional tiene tradicionalmente un regusto imperialista –religioso o militar- que a nadie se le escapa. En consecuencia, si criticamos a los nacionalismos periféricos por su imperialismo descarado, ¿por qué no íbamos a decir lo mismo de esta otra rémora de nuestra democracia?
Por otro lado, y a diferencia de lo anteriormente descrito, la conmemoración del Descubrimiento de América ha sabido evolucionar con el tiempo y adaptarse a un nuevo escenario que concita la hermandad –en un plano de igualdad- con los pueblos hispanoamericanos y que es el reflejo del viraje positivo de la política exterior de España desde poco antes del advenimiento de la democracia.
He aquí algunos apuntes sobre la dilatada historia de esta fiesta: hasta el primer cuarto del siglo XX el 12-O fue conocido con el nombre de “día de la Raza”. Posteriormente, y merced al impulso de algunos intelectuales como Ramiro de Maeztu, pasó a denominarse oficiosamente como “día de la Hispanidad”. No fue hasta el año 1958 cuando se oficializó dicho nombre. En el año 1982 un Real Decreto confirmó la oficialidad de la fiesta. En 1987 se la ratifica, por medio de ley, pero se prescinde del nombre de “día de la Hispanidad”: el 12-O, desde entonces, es formalmente “el día de la fiesta nacional”. Finalmente, desde hace bien poco se convoca el 12-O, en Madrid, el desfile llamado “Viva América”, de contenido lúdico y festivo.
De todo lo dicho hasta ahora se puede inferir que el 12-O, como ya he manifestado en otras ocasiones, a muchos ciudadanos no nos representa. El que esta fecha esté excesivamente cargada de significados de muy difícil desbroce puede llevar a pensar que lo más sensato sea cambiar la fecha de la fiesta nacional. Una alternativa que, desde 1978 se ha propuesto, es la del día 6 de diciembre, día de la ratificación por referéndum de la Constitución española (CE) y que, como tal, es considerado día festivo en toda España. El 6 de diciembre representa lo mejor –y más granado, si se quiere- del siglo XX: la clave de bóveda de un pasado tortuoso, el mojón que marca el deslinde entre un antes y un después de nuestra historia contemporánea.
Esto no es óbice para que algunos sigamos pensando que esta CE contiene un listado de artículos que necesitan una reforma premiosa (como el Título VIII, de la organización territorial del estado, o el artículo 3, de política lingüística); del mismo modo, algunos tampoco vamos a dejar de pensar que la famosa y santa Transición fue en realidad, en las sabias palabras de López Burniol, una Transacción. A propósito de ésta, algunos no podemos dejar de expresar el muy mal sabor de boca que nos deja, como si en el quite hubiéramos perdido un capote al que le teníamos apego.
Así pues, éste es mi tan esperado posicionamiento ante el 12-O. Estoy seguro de que esta propuesta -que me limito a recoger- para dignificar la fiesta nacional de España es muy discutible y que, como en el caso del 23 de abril para el día de la fiesta de Catalunya, habrá muchas otras alternativas también válidas. Espero comentarios. También acusaciones.