La cola

La casa de uno no es para vivir, es para volver

Ernest Hemingway, citado por Rosa Maria Calaf

Es terrible esto de las colas. El caso es que desprenden un turbio aroma proletario, que dirían Sostres y ese espécimen de clasistas abotargados que se revuelcan en el ombligo cerúleo del mundo. Mi suplicio empieza cuando, de muy buena mañana, entro en la oficina y me encuentro con un personal disgustado y que, a regañadientes, guarda más o menos unos límites dentro de esa línea imaginaria hacia el mostrador, que es la esperanza. Entonces, y sin otra opción que afrontar la cola, empiezo a repasar mentalmente las cosas que todavía me quedan por hacer como buscando la mera excusa con que mantenerme entretenido. A los pocos minutos, a decir verdad, comienzo a desesperarme.

Tras el siguiente estado emocional, o sea, la resignación, me rehago y me dedico a registrar cada detalle de mis compañeros de cola. Sobresalen los currelas de mono azul y los administrativos de polo de rayas, aunque también hay jovencitas maquilladas como para una boda y que desprenden ese perfume fresco de la sesión matinal de tocador. Es gracioso el intento, por otro lado infructuoso, de adivinar a qué se dedican estas personas, cuál es su nombre, cómo les gusta el café, con quién se acuestan y toda una retahíla de preguntas que, si se deslizaran de mi mente a mi lengua, resultarían impertinentes.

De esta guisa pasan los minutos y el gentío de currelas y chicas maniquí sigue impertérrito; por mi parte, siento precipitarse el tiempo en el abismo estéril como se precipita por las escaleras el cochecito del niño en “El acorazado Potemkin”. A pesar de esto, trato de ocultar mi “horror vacui” en un ensimismamiento hipócrita mientras a algunas personas la desesperación se les nota en ese palmeo contínuo de los pies contra el suelo –que en las salas de espera es siempe de mármol-, en las mil y una dobleces que aplican a la documentación que llevan consigo y en la facilidad con que echan mano del móvil para formular el rutinario “cariño, ¿qué haces?”. Pero esto no me da más que para unos pocos segundos.

A continuación, y gracias a que he guardado muchas colas y creo sabérmelas todas, me decido a tensar la cuerda con mi último as y despliego el diario que previamente a mi llegada a la oficina había adquirido y doblado contra mi torso. No puedo dejar de parpadear ante los titulares. Son los de siempre. ¡Adónde vamos a ir a parar!, mascullo. Y la señora de detrás, sin disimulo, fija su mirada en las páginas salmón de La Vanguardia y, cuando humedezco mis dedos y cambio de página y me giro hacia ella, inquisitivo, me dedica una mirada un tanto insolente, como diciendo, “¿qué te pasa?”. Eso pienso yo, tuteándola, ¿qué coño te pasa?, pero no se lo digo y me reúno a mí mismo en un ovillo, no vaya a soltarme un bolsazo de los que marcan fieramente la mejilla.

Al cabo de un rato eterno, una trabajadora se presenta ante la cola -ese monstruo colectivo que resopla y gruñe y que podría soltar fuego por la boca- y comunica que se acaba de abrir un nuevo mostrador. No le da tiempo a rogar que la gente se coloque siguiendo el orden previo: una estampida de elefantes trota hasta el mostrador con más desfachatez que vergüenza. Como es normal, me encuentro entre ellos. ¡A ver quién nos mueve ahora! Aun así, por culpa de estar entretenido con La Vanguardia y la fisgona de detrás, no he podido ser el primero, así que espero tras la línea que, muy gentilmente, indica a los segundones un “espere aquí” consolador.

Cuando llega mi turno tomo asiento, vacío el sobre con los papeles que, acto seguido, le muestro a la administrativa y, tras manosearlos, ésta me indica que falta uno y que, por evidentes razones de las que yo debería ser conocedor, hoy no puede resolver nada. Me quedo helado. Esto sólo me pasa a mí. ¡Vuelva usted mañana!, dicen que alguien me susurró agriamente al oído en el mismo instante en que el hielo avanzaba a la altura de mis rodillas. En consecuencia, y sosteniendo las riendas de la furia, es decir, apretando bien fuerte los puños –no me sé otro método-, me incorporo, dando paso a la fisgona de las páginas salmón de La Vanguardia, y me encamino hacia la puerta, cabizbajo y dolorido, mientras la nutrida prole de la cola aguarda su turno con un disgusto de mil demonios.

4 comentarios

  1. La españa del 600 dijo:

    11 Octubre 2008 a 9:28

    Vuelve la españa de antes y situa a cada uno en su habitat natural. Són gente a quién se les acostumbró en esta epoca de bonanza, a cosas que no estaban habituadas y al exito facil y sin esfuerzo. Ahora y como niños a quién se les quita un caramelo y no saben por qué, se arremolinan esperando les acojan el subsidio sin hacer nada por mejorar. Sin embargo, la persona tiene que sobresalir, intentar ser mejor, ahora; más si cabe cuando más dificil parece, dando más importancia a su interior ante el consumismo desmesurado que deshumaniza a las personas. Yo me crezco ante la adversidad y ahi radica el inicio del exito, aunque para ello hay que conocerse antes y ver lo que verdaderamente es importante en la vida. Algo que mucha gente no ha querido aprender.. No se quiere mejorar y ahi empieza su camino al fracaso, cuando un producto publicitario es más importante que conocer nuestra alma. Entonces, se recurre a que nos socorra el estado, sobretodo esa gente de superficie de extraradio o recién venidas qué en un intento de americanización yanki, les venden el ideal de vida facil y sin sentido ni sentimiento hasta fallar el sistema MTV, de videoclip musicales tipo reggaeton, donde todo es facil y feliz. Bienvenidos a la otra españa.

  2. membretes dijo:

    13 Octubre 2008 a 5:47

    No sé qué decir ante tu comentario. Creo que está del todo desenfocado porque de lo que se trata no es de hablar de un híbrido entre la sociología de la inmigración y una ética del trabajo, si no de una crisis económica que afecta, como siempre, en primer lugar, a los más pobres que, como desde hace 10 años en España, son los inmigrantes.

  3. LA NIÑA DE RAJOY dijo:

    16 Octubre 2008 a 11:52

    No esta nada desenfocado porqué estos ultimos 5años han sido un costado delirio de mercado consumista donde se ha aprovechado la gran masa llegada, para enfocar un mundo donde se puede el exito facil sin pensar en las consecuencias. Repasa los calculos de pedidos impagados en bienes de ocio y consumo como electrodomesticos de ultima gama. Todo són cosas superfluas para el hombre pero que las entidades bancarias han sabido atraer hacia los ojos del que quería aparentar nuevo rico y ha terminado cayendo bajo su ignorancia. También citaré los parques publicos donde se suele ver gran cantidad de jovenes en edad de trabajar y que merodean holgazaneando, esperando que las ubres del estado les sigan amamantando mientras luego lloran lagrimas de cocodrilo ante la primera camara de t.v. que les pregunte. Mejor seria enfocarles también cualquier noche de finde semana, donde las discotecas estan llenas y hay que pagar entrada; pero claro, esta mal decir las verdades porqué es mejor ser cinico y no querer ver. El sueño del exito facil sin pensar las consequencias, lo ideal para los bancos al tener gente que gaste y no piense en el mañana. Así nos fué en el mundo. Te lo dice un antiguo inversor en bolsa, como fuí y que sabe del mercado economico. Dedicado a la niña de Rajoy que ya no podrà hacer la 1comunión por culpa de la crisis jeje!.

  4. membretes dijo:

    17 Octubre 2008 a 10:38

    De acuerdo, pero el consumismo es una vertiente de nuestra sociedad que nada tiene que ver con una crisis provocada por la voracidad de las entidades financieras, de los promotores inmobiliarios, de los especuladores sin escrúpulos y de los ayuntamientos ávidos de ingresos. El consumismo, si quieres, ha venido a agravar la crisis en su calidad de componente estructural de nuestra economía y sociedad.


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