Mallorca 165

El desnudo es democrático, como la muerte

 

Julius Lange, citado en Hauser, Arnold “Historia social

de la literatura y el arte”

 

Mi agosto pasa irremediablemente por el vuelo número 165 que, de un momento a otro, despegará junto al hangar del Garaje Balear (sito en la acera opuesta) con destino a la isla de Mallorca. La negociación entre los trabajadores y la Administración de Fincas ha sido dolorosa porque ha conllevado ciertas renuncias mutuas pero, junto al acuerdo alcanzado, el gremio de conserjes agosteños está dispuesto, tras levantar el vuelo, a retirar la basura acumulada en la cabina y, si se tercia, a aplicar un poquito de limpiacristales en el bonito culo de las azafatas. Pero los chicos no están dispuestos a nada más. En todo caso, desde la comisión negociadora se ha propuesto una muy interesante competición de uniformes y sonrisas con el personal de a bordo para el que, desde luego, los conserjes venimos tan preparados como los corredores olímpicos. Depende de cómo se nos dé todavía podemos desviar el avión hacia Pequín para pasear nuestro porte gallardo por las tierras del Catay. Desde la patronal también se nos ha señalado, como una opción del todo prudente, aunque sea en vacaciones, el que proveamos nuestro equipaje de cubo y mocho (se entiende que, éste, retráctil), ya que las mayores turbulencias que han padecido algunos conserjes han sido las del ascensor de su edificio y, la mayor altura, las antenas de la azotea.

 

Sin embargo, el acontecimiento más importante, antes de despegar, consiste en la devolución de las llaves de la ciudad a sus legítimos dueños. Los pocos de estos que todavía sobreviven al calor de Barcelona, apostados en el portal, nos despiden lloriqueando con un pañuelo en una mano y blandiendo una escoba en la otra con esa cara amenazante de los impotentes. Ahí tienes a algunos de ellos –el mentón alto, el ceño fruncido- erguidos con un porte dramático que persigue ser señorial. Inconfundibles máscaras de sí mismos. Y es que tienen que empezar a acostumbrarse a que, este año, los conserjes agosteños están de vacaciones. Esa escalera que dicen que está descuidada no se limpiará porque esto no es un edificio que custodiar, es un hotel de cinco estrellas y estoy sentado en la recepción leyendo la prensa antes de darme un chapuzón en la piscina.

 

Desde luego, prometo una postal y una ensaimada desde mis vacaciones pagadas. El vuelo 165 con destino a Mallorca realizará su despegue en breves instantes. Son como dos semanas más.

Fotos y más fotos

 

He aquí algunas fotos:

La primera de ellas es del arco románico de la entrada del pueblo, el cual está adosado a una casa propiedad de mi familia.

La segunda foto es de una vista del Pilar de Zaragoza desde los pabellones de la Expo.

La tercera foto es del pabellón de España de la Expo.

La cuarta foto es de un pavo real subido a una rama de un árbol en el Campo Grande de Valladolid.

La quinta foto es una vista del pueblo desde los pinares donde capté unos zorros con mi cámara.

La sexta foto es también del arco del pueblo, esta vez desde fuera.

La séptima foto es de la vega al atardecer, tomada desde el pueblo.

Mis vacaciones (de verano) en el pueblo

“Las mujeres están para ser gustadas. Después,

unas se dejan, otras no… Eso va ya por provincias”

                                                         Camilo José Cela

 

He de reconocer que esta entrada se ha hecho de rogar aunque, previamente, he debido sacudirme el polvo de los caminos y de las cebadas trilladas, atrapar de una vez por todas al abejaruco apedreado de mil piruetas, remojar la planta de los pies en un bálsamo curativo y aspirar, más que tomar, una sólida botella de agua. Es el peaje catalán de todo caminante y, prófugo de mí mismo, he ambulado harto bajo el sol estos pasados días, más con mi voluntad, siempre vehemente, que con mis pies. Como quiera que sea, tras recobrar el aliento y enjuagar la lengua, ya de inicio me confieso nostálgico de la buena conversación, la buena mesa y las horas descansadas con ese mortecino descuento de los minutos en provincias.  

 

Como ya avancé en mi última entrada, me fui a Palencia y los tópicos no defraudaron. En efecto, Palencia es una provincia que devora El norte de Castilla, llora las desgracias con Cruzcampo y esconde sus ahorros en Caja España, la del recio astado. Imparte tantas lecciones de nacionalismo como la Catalunya autónoma, siendo una especie de reserva espiritual como el vernáculo Vic. En otro orden de cosas, Palencia es sobria, adusta (como se dice de todo castellano), noble, no promueve la picaresca inválida de Valladolid, pero es también descreída, por mucho que abarrote las iglesias en una necia muestra de piadoso cinismo. En la capital, la Bella Desconocida se continúa irguiendo espléndida y, por eso, algunos seguimos, secretamente, enamorados de ella.   

 

A partir de estas bases, conocidas de antemano, he aprovechado mis días castellanos y me he sometido a una terapia de sol paseando por los campos agostados mientras la chicharra se me reía en los oídos, turbándome y electrizándome a mi paso por los encinares. Por las noches no podía quejarme de las quemaduras cuando cerraba las ventanas, me enfundaba el pijama de invierno y la colcha me cubría hasta las cejas. Ante lo que pueda parecer, en el pueblo se encuentran temperaturas extremas amabilísimas para conciliar el sueño. Además, he podido someterme a un frenesí pantagruélico gracias al cordero lechal, los chorizos en aceite, el huevo frito de la cena y los mantecados, el conejo de caza y los calabacines de la huerta, el jamón de la matanza y el vino añejo de la bodega. Huelga decir que, visto así, no regreso del todo solo.

 

Y es que uno puede irse a provincias con lo puesto para luego dejarse sembrar de dudas la cabeza y empecinarse en buscar las esencias del Románico o del “Rock pagés” (aunque nunca las vanguardias, siempre tachadas de extravagantes en estos pagos, como si el tosco mudejarismo de la iglesia parroquial del pueblo no fuera una herejía a la que todos nos abonamos). Digo que irse a provincias requiere un ánimo ligero y cualquier alma telúrica y bovina puede descender en cuestión de segundos hasta partirse la mandíbula contra el mármol. Ahora bien, reintegrarse a la urbs, remontar esos riscos civilizadores con piolet o a pedaladas -ahora que somos campeones olímpicos esta mención es de recibo- después de unos días de vida conventual, requiere un temple, un savoir faire en los asuntos del tiempo y de la digestión. En puridad, un arte. De ahí mi tardanza en presentar esta entrada.  

 

Pero antes de dejar atrás estas tierras castellanas quiero consignar algunos momentos inolvidables, como cuando capté con mi cámara unos zorros que haraganeaban entre las mieses y cuyo conocimiento conmocionó a todo el pueblo. O cuando un águila que estaba alimentándose de un conejo muerto sobre la carretera desplegó sus enormes alas ante nosotros para luego perderse en el horizonte. Asismismo, recuerdo con una sonrisa a aquellos gitanillos de Valladolid que, con el agua hasta las rodillas, pescaban cangrejos en el Esgueva y que, entre picotazos, nos mostraron su botín. Por no hablar de ese cura, escuchante de la COPE, enemigo de Gallardón –según me contó-, que citaba a Stalin, como ejemplo de perversión, en sus homilías (¡pero no citaba a Franco!, digo yo). Finalmente, dejo constancia de la discoteca digna de Toni Manero, del ron con cola en los billares, de la combinación de tetas de plástico y tractores verdes (que no amarillos –desde la famosa canción ya no se venden) y de los trigales donde mi primo detuvo el coche para que yo devolviera a la tierra lo que no es más que tierra.

 

No puedo olvidarme de que en el transcurso de mis andanzas, y como camino penitencial de reintegración a la vida urbana, di con mis huesos en la Expo de Zaragoza. Mis lumbares todavía hoy me reprochan la osadía. Me estaré volviendo viejo pero esta Expo exige demasiadas horas de colas a la solana, como una siega paciente y manual, hambrienta y sudorosa. Si sirve de algo mi consejo, no vayais a la Expo. No vale la pena si tenéis que viajar expresamente para visitarla. Si, aun así, vuestro irredentismo os somete, siendo inútil cualquier intento de disuadiros, estos son los pabellones que yo entiendo más interesantes: España, Andalucía, Aragón, Marruecos y Japón. Otros que no vi y que me recomendaron fueron Alemania y Corea.

 

Para terminar mi carta, como el Cela de Viaje a la Alcarria, “el viajero se siente poeta y tira de lápiz”:

 

En la vega una perdiz

Y en el monte un cabritillo

Son reclamo suficiente

Para venir a Castrillo.

 

Aquí hay águilas reales

De nobles plumas y picos,

Raposos huidos del hombre,

Jabalíes con colmillos

Que asustan cuando los galgos

Huelen su sangre en los trigos.

 

El conejo y el hurón

Son jurados enemigos

Se baten en la cebada

La remolacha y el trigo

Mientras el cazador bebe

Junto al arroyo su vino.

 

También vuelan vencejos

Del palomar al molino

Y en las paredes de adobe

Tiene el gorrión su nido

Mientras los gatos sestean

En los tejados hundidos.

 

Ya en la tarde, el pastor lleva

Los carneros al aprisco

Los perros rugen y ladran

A los hombres del casino

Y los chicos ríen, juegan

al frontón y pegan gritos. 

 

En la vega una perdiz

Y en el monte un cabritillo

Son reclamo suficiente

Para venir a Castrillo.