PATERAS

La Nación española es la reunión de todos

los españoles de ambos hemisferios”

Art. 1, Constitución de Cádiz, 1812

Otro año llega el calor veraniego a la península y otro año, como es costumbre, las pateras, como las medusas, se acercan al litoral español para estibar su mercancía de hambre. Las autoridades españolas y europeas lo saben de antemano pero se muestran reacias a enmendar una situación que empieza a ser ineluctable. El año pasado, incluso, algunas pateras alcanzaron las costas de la isla de Mallorca. Toda una proeza que nos retrotrae a otro tipo de huidas, en sentido inverso, allá por el siglo XIX o XX. Claro que uno tiene la sensación, probablemente engañosa, de que en otras épocas, donde las costas estaban menos vigiladas, los desembarcos eran más seguros y bajo el mando de un patrón experimentado. La fotografía, del año 1949, desmiente este punto.

El fenómeno de las pateras es gravísimo porque rebaja al ser humano a los niveles más espurios. El hombre se convierte en un montante de dinero, el que puede pagar para que las mafias remolquen las pateras hasta alta mar. En cuanto ese hombre, generalmente del África negra, se moja la espalda en el Atlántico o en el Mediterráneo olvida su nombre y nacionalidad y se abandona a la lipotimia o a la insolación. Este hombre sólo es futuro, un futuro incierto que, unas veces, es un cadáver junto a una cifra en el cementerio marinero; y, otras, es un náufrago que reposa sobre el piélago coralino de las Canarias. Tal vez, a los más afortunados les espere la miseria abusiva de las ciudades occidentales.

Sin embargo, lo que está lejos de toda incertidumbre es que algún día, más pronto de lo que pensamos, una generación de españoles huérfanos tras el desembarco, o que hayan atravesado el estrecho en los vientres de sus madres, nos preguntarán el porqué de esta insensatez y por qué no hemos actuado como correspondía a una sociedad que nos sabemos fundada sobre valores humanísticos. Y nosotros, los que para entonces seremos un poco ancianos, ante estos planteamientos claros y directos, no hallaremos otra respuesta que accionar el interruptor de la luz y dejar correr el agua dulce de los grifos.

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