…te desea un feliz verano

A estas alturas de la partida, no te voy a lanzar un or dago, ese vasquismo tan nuestro que en romance es “ahí está”, pronunciado con esa pétrea, espiritosa y solemne voz de los euskaldunes. Yo no ostento la arrogancia natural de los norteños, por mucho que el alarife no deje de ser un jactancioso empedernido. Así que, ante las últimas conversaciones a cerca de si voy a acabar dando con mis huesos en algún lugar de Asia, la conclusión no es apostarme el resto a una jugada, sino que para este envite albergo muchas dudas.

He aquí una oferta un tanto inquietante:

 

http://www.todoele.net/trabofer/TrabajoOf_maint.asp?s_keyword=&s_

pais=Jap%F3n&s_nivel=&TrabajoOfId=370

Asimismo, y en espera de un futuro que, aunque latente, vegeta en el largo plazo, te voy a hablar del presente:

- Esta es la última entrada que vas a encontrar en el mes de julio. Este próximo fin de semana me marcho al pueblo de mi padre, en Palencia, y estaré con mi familia alrededor de una semana. Mi intención es visitar algunos sitios y espero tomar unas cuantas fotografías. Me espera un surtido de embutidos y guarniciones varias que para sí quisiera la cocina de Arguiñano. ¿Quién habla de grasa? Eso no es grasa, son losas de mármol que van a atrincherarse entre mis costillas y que, para arrancarlas, voy a tener que conjurarme con el mismísimo diablo.

- De allí, y aprovechando el camino de regreso, realizaré una parada en Zaragoza, donde también tengo familia, y quizá me acerque a la Expo. Quizá.

- Regresaré a Barcelona fregando el final de mes porque el día 31 de julio por la tarde tengo que ir a ver al conserje del edificio donde voy a trabajar todo el mes de agosto para que me entregue las llaves y me dé las últimas indicaciones.

- Por tanto, durante el mes de agosto me podréis encontrar, de lunes a viernes, mañana y tarde, en el tajo. Ya indicaré la dirección exacta porque ahora no tengo el número conmigo. No es necesario indicar que se agradecerán las visitas, sobre todo vespertinas.

- Dada mi ausencia hasta el mes de agosto y el hecho cierto de que no sé si voy a poder conectarme a internet hasta entonces, os aviso que, a partir del sábado día 19 de julio, no me comprometo a responder ningún correo o a moderar los posibles comentarios en el blog.

Y esto es todo. Pasad un buen verano, allí donde estéis. Nos vemos pronto.

Correspondencias desde el Manicomio de Sant Boi (Roger): “Conservando el equilibrio”

Esta entrada la podéis leer merced a la estimable colaboración del amigo Roger. Hacía tiempo que el tema de la amistad se había vuelto recurrente en nuestras conversaciones nocturnas y etílicas y él, tan avispado como contundente en sus argumentos, ha querido dejar por sentados una serie de principios a partir de los cuales podamos entablar un pequeño debate. He aquí, pues, su texto, acompañado de una imagen del conde Orlok:

Siempre desconfié de aquellos que loan la amistad como un afecto personal puro y desinteresado, de aquellos que alardean de poseer verdaderas relaciones personales que creen que nunca perecerán, incluso bajo cualquier circunstancia adversa, contra viento y marea. No se puede tratar en términos absolutos cuestiones de esta índole, subjetivas en esencia y especialmente pantanosas. Aún así, vaya por delante mi respeto a este tipo de pareceres, demasiado idealistas para mi gusto. A partir de aquí, me dispongo a materializar mis pensamientos sobre ello.

La génesis de la conexión amistosa puede ser espontánea o forzada (entiéndase aquí planificada, no obligada), es decir, en el primer caso las causas son accidentales y en el segundo, por lo menos, una de las dos partes tiene la voluntad de establecerla. La fortuna y los elementos suelen palidecer ante los intereses, llamémosles estimativos, sociales, intelectuales… Si esto sólo ocurre en uno de los sujetos, éste se convierte en activo y su escogido en pasivo, de modo que el trato avanza a medida que el receptor practica el laissez faire y acaba implicado. Si los dos son activos, huelga decir que la intensidad de la relación progresa geométricamente.

Con el paso del tiempo se tiende a minimizar estos inicios en favor de un aprecio que oculta las necesidades que han forjado la unión. Pero es fundamental no olvidarlas, pues no hace falta intimar con el mismísimo Conde Orlok para percatarse de que cuando los inconvenientes superan a los beneficios, la relación se cuestiona. De mantenerse así, termina siendo frustrante y la rotura es segura. O eso o se cae en adicciones a ciertos individuos que nos vampirizan y anulan como personas.

En el mundo de las parejas se puede aplicar la misma argumentación, aunque aquí se prioriza la subsanación de carencias sentimentales y sexuales, y el amor entra en escena. La irracionalidad de esta entrega sin condiciones nos vuelve a esconder lo mencionado en los dos últimos párrafos y a menudo impide obrar en consecuencia. En una etapa ya más estable empieza a aflorar la realidad.

Negociar las cesiones de libertad hasta encontrar un punto de armonía satisfactorio para ambos es la única salida airosa. Esto es de recibo para cualquier trabazón social. La opinión de personas ajenas a la amistad o a la pareja también puede ser útil por su supuesta objetividad, la cual debe ser calibrada en su justa medida.

A pesar de todo lo expuesto, en el fondo somos tan ingenuos que nos acabamos solazando con una Fanta de naranja y emocionando cuando Cobi desaparece volando en su barco de papel (¿qué cojones hacía allí montado, o acaso no sospechaba que le iban a dar puerta?).

PATERAS

La Nación española es la reunión de todos

los españoles de ambos hemisferios”

Art. 1, Constitución de Cádiz, 1812

Otro año llega el calor veraniego a la península y otro año, como es costumbre, las pateras, como las medusas, se acercan al litoral español para estibar su mercancía de hambre. Las autoridades españolas y europeas lo saben de antemano pero se muestran reacias a enmendar una situación que empieza a ser ineluctable. El año pasado, incluso, algunas pateras alcanzaron las costas de la isla de Mallorca. Toda una proeza que nos retrotrae a otro tipo de huidas, en sentido inverso, allá por el siglo XIX o XX. Claro que uno tiene la sensación, probablemente engañosa, de que en otras épocas, donde las costas estaban menos vigiladas, los desembarcos eran más seguros y bajo el mando de un patrón experimentado. La fotografía, del año 1949, desmiente este punto.

El fenómeno de las pateras es gravísimo porque rebaja al ser humano a los niveles más espurios. El hombre se convierte en un montante de dinero, el que puede pagar para que las mafias remolquen las pateras hasta alta mar. En cuanto ese hombre, generalmente del África negra, se moja la espalda en el Atlántico o en el Mediterráneo olvida su nombre y nacionalidad y se abandona a la lipotimia o a la insolación. Este hombre sólo es futuro, un futuro incierto que, unas veces, es un cadáver junto a una cifra en el cementerio marinero; y, otras, es un náufrago que reposa sobre el piélago coralino de las Canarias. Tal vez, a los más afortunados les espere la miseria abusiva de las ciudades occidentales.

Sin embargo, lo que está lejos de toda incertidumbre es que algún día, más pronto de lo que pensamos, una generación de españoles huérfanos tras el desembarco, o que hayan atravesado el estrecho en los vientres de sus madres, nos preguntarán el porqué de esta insensatez y por qué no hemos actuado como correspondía a una sociedad que nos sabemos fundada sobre valores humanísticos. Y nosotros, los que para entonces seremos un poco ancianos, ante estos planteamientos claros y directos, no hallaremos otra respuesta que accionar el interruptor de la luz y dejar correr el agua dulce de los grifos.

Girona

Murallas de girona

- Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la carne de gato dicen que no es mala.

Benito Pérez Galdós, “Gerona”

¿Qué gente enemiga puebla sus adarves?

Rafael Alberti, “Baladas y canciones del Paraná”

Querido J:

Salvador Dalí y Josep Pla, dos de los más conspicuos catalanes y ampurdaneses del siglo XX, nunca fueron bien asimilados por la Catalunya autónoma. A ésta siempre se le atragantaron los inconformistas y, por eso, desde sus inicios, allá en los ochenta, la Generalitat ha paladeado con mayor asiduidad a un Tàpies o a un Martí i Pol, dueños de una mansedumbre más agradable al régimen. En cambio, una marabunta de turistas y la crítica literaria internacional, con evidente perspicacia, desmienten un día tras otro la opción digestiva de la Generalitat. Y es que en este país, por muy buenos deportistas que nazcan, siempre se ha padecido de desequilibrio alimenticio.

Con estos precedentes en el morral, hace unos días, acompañado por mi primo Esteban y su amigo Carlos, con un coche improvisado, una calzada sobre la que quemar caucho a destajo y música, mucha buena música soplando en los oídos como un avispero, llegué a la provincia de Girona. De nuevo, mi obsesión por el paraje natural del Cap de Creus y sus diminutas calas donde los piratas esconden sus tesoros de turquesa y ámbar; Sant Pere de Rodes y el castillo de Sant Salvador, desde donde un ojo apunta a Berbería y, el otro, medio bizco, a la Francia templaria; el Cadaqués adormecido entre la inimitable luz blanca de su iglesia-fortificación y los olivos que descienden entre bancales hasta Port Lligat; la bahía de Roses y el aletargado remojo de sus arrozales y de los humedales de la Muga y el Fluvià… ¿Qué te voy a contar que no puedas, algún día, ver con tus propios ojos?

Con todo, hoy y aquí no voy a hablarte ni del Empordà ni de Dalí, ni siquiera del maestro Josep Pla. Te voy a relatar la modesta noche toledana que viví en la ciudad que flota entre el Ter y el Onyar: Girona. No fue, como quieres creer, querido amigo, una incursión etílica o una escaramuza contra la policía autonómica. No. Fue, a mi entender, mucho mejor que todo eso junto aunque ganas, haberlas haylas.

Todo empezó cuando, después de dar cuenta de unos bocadillos de anchoas en la plaza de la Independència, los tres nos dejamos arrastrar por la ascensión obligada hasta la catedral y el casco viejo. El viento apenas se dejaba notar entre los callejones de la judería aunque el sopor de la cena invitaba a estirar las piernas. Esteban se quedó abatido –¿el mal de Stendhal?- por la belleza indescriptible de esos callejones serpenteantes bajo arcos ¿de volta catalana? y no perdió la ocasión de transitar, en un repetido subir y bajar, por sus escalones. La Catedral, por la noche, se erigía majestuosa sobre esa escalinata que para sí quisieran las nobles ciudades de Italia y el parque de la Devesa, mohíno, se dejaba acunar por las frías aguas del Ter. Tras caminar un buen rato, Carlos propuso, para mi sorpresa, un recorrido nocturno por los adarves de la muralla, tal y como, una vez, él había realizado.

De inicio, me extrañó la propuesta. Yo conocía ese recorrido de una visita anterior pero me sorprendía que los adarves fueran accesibles durante la noche, habida cuenta de que, a los pies de la muralla, encontramos algún rebaño de adolescentes bebiendo entre vómitos recientes. Finalmente, nos animamos y buscamos insistentemente un acceso. Como yo pensaba, no hallamos ninguno abierto.

Estábamos a punto de regresar al coche. Sería medianoche. Al llegarnos hasta un sendero que se perdía, entre unos matorrales de extramuros, hacia una completa oscuridad, reté a Carlos a adentrarse. Se trata de ese tipo de apuestas que me entusiasman pero para las que, normalmente, no encuentro oponente. Ni corto ni perezoso, Carlos se adentró en el sendero y Esteban y yo le seguimos jaleándolo entre bromas y risas. A partir de ahí avanzamos por un auténtico laberinto de escaleras, jardines fragmentados, tapias recubiertas de enredaderas y puertas de hierro que traspasaban la muralla. El lugar era increíble. Nos encontramos bajo la luz de la luna llena y los reflejos lejanos de las farolas y, mientras tanto, las campanas de la catedral tañían, a lo lejos, desavenidas con los espeluznantes graznidos de los cuervos. Huelga decir que yo empuñé mis manos y estaba preparado para hacer frente a un eventual asalto de los espíritus del más allá y, quizá, del más acá. Recé a mis dioses, como es preceptivo en tales momentos, y evoqué esas escenas de Vinuesa que nos describió el Bécquer más prosista y, para mí, más romántico.

Afortunadamente, el peligro pasó y encontramos un acceso a la muralla. De lo contrario, creo que no hubiéramos sabido retroceder. El adarve de la muralla gerundense es angosto, no pueden circular dos personas a un mismo tiempo, aunque el conjunto está restaurado y no supone ningún peligro. La parte orientada a extramuros es más alta y está salpicada por una sucesión interminable de aspilleras y almenas que dejan traspasar algo de luz y, en cada acodo, sobresale un matacán. Una vez en el adarve de la muralla, empezamos a recorrerla, en silencio, como una procesión sin cirios ni novenas. A nuestra izquierda, Girona se nos abría, entre oscura e iluminada, provinciana y universal, y un viento fresco del norte enjugaba nuestras nucas.

A partir de aquí, poco más hay que añadir. Tras quince minutos caminando, nos encaramamos a una torre y nos topamos con la primera presencia corpórea: una pareja que, recostada contra un antepecho, conversaba en francés y trataba de ocultar su miedo al ver aparecer, de la nada, a dos tipos espigados de 1.90 y a quien te escribe esta carta. Evidentemente, acabábamos de interrumpir algún tipo de juego amatorio, si se me permite el eufemismo. Para terminar, tras otros veinte minutos, llegamos hasta el otro extremo de la muralla, habiéndonos tropezado únicamente con otra pareja que caminaba en sentido contrario y un grupo de okupas que, en un terrado contiguo, tomaba sin tregua.

Ciertamente, la muralla de Girona bien vale tu visita, aunque sea nocturna.

Con mis mejores deseos,

j.