
- Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la carne de gato dicen que no es mala.
Benito Pérez Galdós, “Gerona”
¿Qué gente enemiga puebla sus adarves?
Rafael Alberti, “Baladas y canciones del Paraná”
Querido J:
Salvador Dalí y Josep Pla, dos de los más conspicuos catalanes y ampurdaneses del siglo XX, nunca fueron bien asimilados por la Catalunya autónoma. A ésta siempre se le atragantaron los inconformistas y, por eso, desde sus inicios, allá en los ochenta, la Generalitat ha paladeado con mayor asiduidad a un Tàpies o a un Martí i Pol, dueños de una mansedumbre más agradable al régimen. En cambio, una marabunta de turistas y la crítica literaria internacional, con evidente perspicacia, desmienten un día tras otro la opción digestiva de la Generalitat. Y es que en este país, por muy buenos deportistas que nazcan, siempre se ha padecido de desequilibrio alimenticio.
Con estos precedentes en el morral, hace unos días, acompañado por mi primo Esteban y su amigo Carlos, con un coche improvisado, una calzada sobre la que quemar caucho a destajo y música, mucha buena música soplando en los oídos como un avispero, llegué a la provincia de Girona. De nuevo, mi obsesión por el paraje natural del Cap de Creus y sus diminutas calas donde los piratas esconden sus tesoros de turquesa y ámbar; Sant Pere de Rodes y el castillo de Sant Salvador, desde donde un ojo apunta a Berbería y, el otro, medio bizco, a la Francia templaria; el Cadaqués adormecido entre la inimitable luz blanca de su iglesia-fortificación y los olivos que descienden entre bancales hasta Port Lligat; la bahía de Roses y el aletargado remojo de sus arrozales y de los humedales de la Muga y el Fluvià… ¿Qué te voy a contar que no puedas, algún día, ver con tus propios ojos?
Con todo, hoy y aquí no voy a hablarte ni del Empordà ni de Dalí, ni siquiera del maestro Josep Pla. Te voy a relatar la modesta noche toledana que viví en la ciudad que flota entre el Ter y el Onyar: Girona. No fue, como quieres creer, querido amigo, una incursión etílica o una escaramuza contra la policía autonómica. No. Fue, a mi entender, mucho mejor que todo eso junto aunque ganas, haberlas haylas.
Todo empezó cuando, después de dar cuenta de unos bocadillos de anchoas en la plaza de la Independència, los tres nos dejamos arrastrar por la ascensión obligada hasta la catedral y el casco viejo. El viento apenas se dejaba notar entre los callejones de la judería aunque el sopor de la cena invitaba a estirar las piernas. Esteban se quedó abatido –¿el mal de Stendhal?- por la belleza indescriptible de esos callejones serpenteantes bajo arcos ¿de volta catalana? y no perdió la ocasión de transitar, en un repetido subir y bajar, por sus escalones. La Catedral, por la noche, se erigía majestuosa sobre esa escalinata que para sí quisieran las nobles ciudades de Italia y el parque de la Devesa, mohíno, se dejaba acunar por las frías aguas del Ter. Tras caminar un buen rato, Carlos propuso, para mi sorpresa, un recorrido nocturno por los adarves de la muralla, tal y como, una vez, él había realizado.
De inicio, me extrañó la propuesta. Yo conocía ese recorrido de una visita anterior pero me sorprendía que los adarves fueran accesibles durante la noche, habida cuenta de que, a los pies de la muralla, encontramos algún rebaño de adolescentes bebiendo entre vómitos recientes. Finalmente, nos animamos y buscamos insistentemente un acceso. Como yo pensaba, no hallamos ninguno abierto.
Estábamos a punto de regresar al coche. Sería medianoche. Al llegarnos hasta un sendero que se perdía, entre unos matorrales de extramuros, hacia una completa oscuridad, reté a Carlos a adentrarse. Se trata de ese tipo de apuestas que me entusiasman pero para las que, normalmente, no encuentro oponente. Ni corto ni perezoso, Carlos se adentró en el sendero y Esteban y yo le seguimos jaleándolo entre bromas y risas. A partir de ahí avanzamos por un auténtico laberinto de escaleras, jardines fragmentados, tapias recubiertas de enredaderas y puertas de hierro que traspasaban la muralla. El lugar era increíble. Nos encontramos bajo la luz de la luna llena y los reflejos lejanos de las farolas y, mientras tanto, las campanas de la catedral tañían, a lo lejos, desavenidas con los espeluznantes graznidos de los cuervos. Huelga decir que yo empuñé mis manos y estaba preparado para hacer frente a un eventual asalto de los espíritus del más allá y, quizá, del más acá. Recé a mis dioses, como es preceptivo en tales momentos, y evoqué esas escenas de Vinuesa que nos describió el Bécquer más prosista y, para mí, más romántico.
Afortunadamente, el peligro pasó y encontramos un acceso a la muralla. De lo contrario, creo que no hubiéramos sabido retroceder. El adarve de la muralla gerundense es angosto, no pueden circular dos personas a un mismo tiempo, aunque el conjunto está restaurado y no supone ningún peligro. La parte orientada a extramuros es más alta y está salpicada por una sucesión interminable de aspilleras y almenas que dejan traspasar algo de luz y, en cada acodo, sobresale un matacán. Una vez en el adarve de la muralla, empezamos a recorrerla, en silencio, como una procesión sin cirios ni novenas. A nuestra izquierda, Girona se nos abría, entre oscura e iluminada, provinciana y universal, y un viento fresco del norte enjugaba nuestras nucas.
A partir de aquí, poco más hay que añadir. Tras quince minutos caminando, nos encaramamos a una torre y nos topamos con la primera presencia corpórea: una pareja que, recostada contra un antepecho, conversaba en francés y trataba de ocultar su miedo al ver aparecer, de la nada, a dos tipos espigados de 1.90 y a quien te escribe esta carta. Evidentemente, acabábamos de interrumpir algún tipo de juego amatorio, si se me permite el eufemismo. Para terminar, tras otros veinte minutos, llegamos hasta el otro extremo de la muralla, habiéndonos tropezado únicamente con otra pareja que caminaba en sentido contrario y un grupo de okupas que, en un terrado contiguo, tomaba sin tregua.
Ciertamente, la muralla de Girona bien vale tu visita, aunque sea nocturna.
Con mis mejores deseos,
j.