Tras la barrera

Querido J:

No es que escribir sea para mí un relajo terapéutico, un kit kat de los tiempos convulsos, sino una urgencia saludable que me insufla emociones terapéuticas como las que puedan aportar los masajes y las aguas tibias de un balneario a un espinazo torturado. Por esta razón, no me ha sido difícil reunir fuerzas y empezar a teclear, apresuradamente, con la presteza del periodista que redacta y revisa las últimas galeradas antes de dar el entero diario a las prensas. 

No obstante esta cataplasma recurrente, los últimos años han sido para mí bastante frenéticos. Ahora este compromismo, ahora este objetivo, trabajar, estudiar… Me he presionado a mí mismo por cosas inútiles y desprovistas de interés debido a mi naturaleza obsesiva. Debí aprender a decir no a más de una proposición absurda y, quizá, a perder más de un conocido por falta de trato. Actualmente, los gurús de los recursos humanos (¡menudo eufemismo más canalla!) llaman a esto priorizar… (otro eufemismo todavía más canalla). Aunque mejor me relajo y sigo con mi exposición.

En resumidas cuentas, si te escribo es porque encierro en mí una fatiga duradera que me aflige desde antes de Nueva Zelanda y, como eres mi amigo, quiero que lo sepas de mis labios, antes de que los zahoríes de la calle te trasladen su calumnia envenenada. Entre otras consecuencias, la más perceptible es que, desde hace un año, sufro una pérdida anormal de cabello. Es infalible la ecuación “mucho estrés = caída de mucho cabello”. En los momentos más agudos incluso he tenido problemas para conciliar el sueño, aunque esto lo he superado en los últimos meses y ahora duermo con la pata quebrada. Dirás que me hago viejo y que la edad lleva aparejadas preocupaciones y dolencias, pero yo creo que es todo lo contrario porque -y añade más patetismo al asunto- si me estreso al ralentí, ¿qué será de mí el día que tenga pareja, hijos, hipoteca y vacaciones en Benidorm? ¡No lo quiero ni pensar!

Querido J: siento plantarme aquí pero soy incapaz de seguir tu vuelo. Tú, que tienes el pecho de acero, estás hecho al vértigo. A mí, apenas se entorna la ventana, me sobrevienen las náuseas. Me siento más cómodo con las patas hundidas en la arena que con el pico buceando entre las nubes. Se diría que, como el kiwi, mi vuelo gallináceo me convierte en presa fácil para las alimañas. Pero es lo que ahora mismo deseo hacer.

Esto es lo que quería que supieras, buen amigo. No te lo tomes como algo grave porque esto es el pan nuestro de cada día. Ten por seguro que el picador estará por llegar y este toro hernandiano todavía conserva la mala leche para seguir corneando con los ojos cerrados. De ahí que, como los matadores, me haya cortado la coleta (y  esto último, querido J, no es literatura) y me haya retirado por un tiempo indeterminado tras la barrera. De esta manera, conjuro el peligro de un final de cantante melódico en Las Vegas sometido a una papilla de antidepresivos.

Dicen que el deporte, una dieta sana y dormir las horas adecuadas contribuyen a mejorar la salud. En mi caso, le añado las muchas lecturas interesantes que están empezando a ocupar mi tiempo y a renovarme el espíritu como hijos pródigos de vuelta en la vejez del padre. Sin olvidar, claro está, este verano que empieza a reverberar en los espejos y bajo cuyo sol es todo un gusto cocinarse. 

Con todo mi cariño,

j.