Dicen en Madrid que no hay sábado sin sol ni doncella sin amor, claro está por cuanto tiene la ciudad de metafórica. Apenas se asoma el sábado hay que sacar allí el paraguas y ajustarse las polainas y la Barbour, cual señorito castellano-andaluz, que es esto lo que se estila. Entonces sí, entonces ya uno puede darse un paseo tranquilo por Recoletos, enfilar hasta Serrano, a lo sumo Velázquez, y acercarse incluso al parque del Retiro, que los sábados rezuma gran humedad, alegría y fulgor de doncellas enamoradas.
El señorito castellano-andaluz ha sido de antiguo mucho más dado a la retórica y a la caballerosidad que el andaluz puro, que hoy día mora por ahí, al sur del buen gusto y al amparo del turismo. En la árida Costa del Sol, donde a cambio de acequias secas ponen campos de golf, abundan edificios estratosféricos, ominosos, en los que el andaluz de a pie reposa sus perezas y no hay doncella que alcance el amor. De ahí que todas deban subirse a Madrid, a procurárselo en los sábados luminosos.
En mi corta estancia sureña me sorprendió lo que más esa falta de encanto femenino, tan sólo cierta zalamería, cosa que a los norteños más bien nos empalaga. Tan peguntosa puede resultar como los infinitos chicles que había pegados en los autobuses, por lo que uno tuvo a bien viajar siempre de pie, no fuera a pegárseme un chicle en el trasero, la pierna o la espalda, maldita la gracia. Desde luego el chicle nació para el perezoso, un invento a todas luces ideal para éste, pues que uno masca algo que no tendrá siquiera que deglutir, basta con que lo escupa o lo pegue en el sillín del autobús.
A todo esto los turistas hacen la vista gorda, que es ésta al fin y al cabo la condición básica del turista, hacer la vista gorda. A poco que hilaran fino decidirían quedarse en sus respectivas casas, donde a buen seguro habrán dejado las gafas mejor graduadas y las alhajas más valiosas. Acuden ellos al sur a lo peliculero, a la aventura, con idea de tomarse unas copas, echar unas risas y amariscarse un tanto la piel, que debe de vender mucho esto en sus países. De este modo, a su vuelta toman más conciencia de lo afortunados que son en su vida real, no la aventurera o sureña. La vida real de los guiris, ay, es con la que sueña el andaluz puro en sus largos sesteos.
Pero los turistas me importaban a mí una higa, más bien afeaban el entorno a mis ojos, sobre todo a tenor de mi fijación en las huestes sureñas. Quería toparme con un bellezón de estos que tantas películas y conversaciones mueven. Y como no lograra dar con ninguno me llegué a un sanatorio marbellí, situado en la parte alta de la ciudad y cuya imagen remozaba una pizca el espanto del centro. Entre el sanatorio y Puerto Banús se abría un enorme espacio de horrores nacionales e internacionales, y no sé por qué pensé que en el sanatorio estaría más a gusto, quizá dada la proximidad del monte. A un norteño le sienta bien el verde, por escaso que allí sea.
Era la hora de la comida cuando llegué, con lo que apenas si pude apreciar las señoritas que frecuentaban el lugar. Tenían que prestar ellas toda su atención en lo que comían o dejaban de comer, y por añadidura no se le permitía a un visitante almorzar allí. Sí me di cuenta, en cambio, de los tejemanejes y negocios que en aquellos salones se balbucen e incluso cierran, cual escondite impagable, a hurtadillas de cualquier cotilla y asimismo de los habituales chismosos. Más que en posibles huestes, por tanto, reparé en rumores sobre compras y ventas de grandes extensiones argentinas, también de pequeños locales en Puerto Banús, cuyo montante total acaso fuera similar.
Estaba en una ladera de la montaña el sanatorio, rodeado de árboles de copa grande, frondosos, que arropaban las demencias y caprichos de quienes allí se alojaban, muy bien cuidados y vigilados por lo demás, con unas excelentes muchachas de bata blanca y sonrisa permanente aparte de varios guardias de seguridad, robustos igual que los árboles salvo que con rostro de mala leche. Se le notaba la alcurnia al sitio, claro, una floración de alfombras, espejos y cuadros lo adornaba, además de los coches que había en el aparcamiento, idóneos para superar cualquier crisis. Y vuelto hacia el monte, mientras el personal almorzaba, me tomé yo un Jameson solo, con dos hielos, que duró lo mismo que un traspase de poderes argentinos.
Menos mal que el esperpento marbellí lo aderezó la preciosidad de los machadianos campos de Castilla, primaverales y verdeantes, donde cualquiera puede atisbar a lo lejos la figura de una doncella de la que enamorarse. A la suya Antonio Machado dio en llamarla Guiomar, si bien era real y con toda probabilidad la conocería en un sábado soleado. Tuvo esa desgracia el poeta, ay. Los campos de Castilla embelesan a primera vista, nos roban la atención, y uno, que es andarín, echa a andar por ahí y en un tris se planta en Madrid. El único riesgo acaso sean los molinos de viento, que sobreviven al paso de los años y al caballero que los confundía con gigantes, dando así a la cultura española un pasaje que ha adquirido más peso que el propio libro por el que anduvo. El Quijote pocos lo han leído y sin embargo cualquier español conoce el pasaje de los molinos cual gigantes, es un desatino que nos une en este país de egoísmos encontrados, y por eso, digo, quizá sea éste el único riesgo de los campos de Castilla. El día menos pensado uno de esos molinos se tornará de veras gigante y atacará a un caballero indefenso, sin su fiel escudero y para mayor complicación recién salido de un sanatorio marbellí.
No tuve problema ninguno yo con los molinos, mientras que las doncellas que atisbaba en el horizonte motivaron mi travesía, de igual modo que Guiomar motivó tantos poemas de Machado, entre la espiga fresca y sonora, mecida por el viento, y el ganado que pastaba junto a pequeños arroyuelos. A través de los campos de Castilla tomé distancia del mar, de los edificios estratosféricos, oliendo ya un ambiente más castizo que despertaba con fuerza mi interés.
En Madrid llovía y aun así me di largos paseos, al buen tuntún, con las polainas y la Barbour bien ajustadas. Yendo por Serrano principié a ver a esas huestes sureñas que abandonan su tierra porque a cierta edad los sueños hay que perseguirlos, no vale echarse a la sombra de un edificio para turistas. Ellas dan cuenta de la metáfora, que no hay sábado sin sol ni doncella sin amor. Y en lo que a los guiris respecta, no todos han descubierto todavía la Costa del Sol y muchos se amontonan y arrullan, las parejitas, en los museos de la capital, que a menudo hacen las veces de centro de acogida y así no se puede ver un cuadro con la calma y sosiego que merece. A un museo hay que acudir como el caballero inglés, despacio y en soledad, con tal de no perder ripio, a menos que se nos lleve la mirada una de esas señoritas que custodian los cuadros sentadas en un taburete. Lo que ocurre es que a los alcaldes esta afluencia de guiris les pone un montón, se les llenan los ojos de jolgorio y les impelen a que vengan cada vez más, por lo que no tuve otro remedio yo que tomar las de Villadiego y volver a por mi doncella favorita, norteña, antes de que otro sol ilumine sus sábados.
J.B. Durán
Querido Joan:
Madrid es esa ciudad de un millón de cadáveres que nos contó, uno por uno, Dámaso Alonso. Se quedó corto, pobrecillo, quien fuera gran gongorino pero muy mal agorero: el pronóstico fue todavía peor y la ciudad es un gigante -nada quijotesco- que en plena canícula se derrite y a los que tenemos boca nos inunda el estómago con cemento. De ahí que, tras las recientes temperaturas estivales, hoy tenga el vientre suelto y prefiera no opinar de la villa y corte. Así que pasemos a otros menesteres más saludables.
A propósito del sur, que sepas que, a mí, el sur me agrada. Y si le añado una copa de Jameson con dos hielos o, mejor, un fino con su tapa de pescadito frito, probablemente mi diagnóstico estará revestido de la loa más entusiasta. Porque el sur es una bofetada en los morros dada por una mano morena y enguantada de boatiné; es una mujer dolorosa, de rigurosa mantilla, para vedarte a la vista sus profundas lágrimas de madre; es ese señorito sevillano del que te hablé en “Sevilla la llana” y al que tanto detesto por su peperío insípido y deslenguado; es el príncipe de los cantaores con todo el malditismo de los Puertos cuajado en su garganta; es Alberti y la caracola marinera susurrando en su oído; es Romero de Torres y la mujer cordobesa con un pecho sobre una bandeja de alpaca; son el oro líquido del olivar y la reja de la Línea y los toriles y el salmorejo frío del verano… En definitiva, el sur son todavía ese aguador, ese pocero, ese arriero, por mucho que ahora ya no pervivan ni aguadores, ni poceros ni arrieros, aunque yo me los cruce a cada paso que doy por las callejas andaluzas engalanadas de jazmines y azucenas.
Andalucía es precoz, sensual y pendenciera. Todavía no perrea, pero tiempo habrá. Yo no sé por dónde se encuentran los andaluces puros pero me imagino que, como tú cuentas, estarán pateándose el asfalto de Madrid en busca de las habichuelas o, quizá -y esto es una impresión personal- se dedicarán a tocar el tambor junto a Manu Chao. Ya nada es como antes y ni siquiera vale la pena que lo sea: tan solo cuenta la imaginación.
Por otra parte, en tu estancia en el sur habrás notado, en sus mujeres, la sensualidad despreocupada de la adolescencia y, en sus hombres, el sesteo de sus ojos de gato montés de camino a la cantina. Asimismo, tú, que vienes del norte, deberías de haberte dado cuenta de tu posición ventajosa de príncipe de los enamorados. Relee aquel poema de García Lorca en que el galán de torres pasa su brazo por la cintura de la muchacha que recoge aceitunas. No necesito acudir a Ian Gibson para sostener que ese galán lorquiano es, efectivamente, todo un chicarrón del norte.
Que vienes del norte las sureñas lo notan en tu porte torero, en tu cintura presta para las chicuelinas, en tu firmeza de fiel almonteño o en tu dicción de notaría granadina. Por algo don Juan fue antes sevillano que madrileño y dos castellanos viejos como Tirso de Molina o Zorrilla se enamoraron del personaje y lo hicieron carne. Aunque el sevillanismo, contrariamente a lo que se piensa, no agota, ni mucho menos, lo andaluz. Más bien lo cercena o, como diría un poeta, lo trabuca.
Entiendo que, en tu búsqueda introspectiva, terminaras en un sanatorio allá por la costa del sol. Marbella, desde lejos, es llamativa como una perla ambarina y es necesario hollar el esperpento antes de abrir la boca y llenártela de cemento. En cambio, permíteme decirte, querido amigo, y por la amistad que nos une, que al sur se va a hacer el amor (ya lo dijo Raffaela Carrá, boloñesa y, por tanto, nada sospechosa de sudista) más que a otra cosa, incluso más que a hacer negocios, aunque los norteños suelan dejar por allí su manto de cemento y corrupción. Si quieres entregarte a los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola es mejor retirarse a algún balneario o caserío del frío y melancólico norte… como, por ejemplo, me viene a la cabeza que hizo Bécquer en Vinuesa. Bécquer, como bien sabes, era un andaluz paseado por Madrid.
Con mis mejores deseos,
j.