Viaje al infierno: al estilo “callejeros”

Me calzo unas botas y me enfundo una sudadera. Fuera llueve ligeramente pero me cubro con la capucha. Me pongo los auriculares y con Highway to Hell de ACDC, la primera canción que suena, emprendo mi camino. Al cabo de un rato ya he llegado a la zona. No sabría establecer los límites exactos de dónde empieza y dónde acaba. Estos se difuminan entre el polígono industrial, las casitas de planta baja, la autopista y el cementerio. Al fondo, las grúas del puerto sobresalen como si fueran molinos cuyas aspas se hubieran rendido al viento.
Camino. Soy el único peatón en una calle por la que no dejan de transitar camiones y furgonetas de reparto. A mi derecha, se encadenan una serie inacabable de talleres. Hay andamios y tubos de escape abandonados sobre las aceras y el sonido de los toros es ensordecedor. A mi izquierda, me sigue paralela la tapia del cementerio. Unos pocos metros más adelante, la tapia se desvía y da paso a un aparcamiento.
Ella está allí, alta, muy alta, con los brazos en jarras, esperando. Me ve venir de lejos y empieza a caminar hacia mí. Calza unos tacones altos pero no sabe andar sobre ellos. O no puede. Lleva gafas de sol que le cubren el rostro entero. Viste minifalda negra y tiene abierto un chaleco, también negro, que deja entrever un tatuaje en su vientre. Se interpone en mi trayectoria y, con voz afónica, me pregunta si quiero un servicio. Antes de que yo diga nada, añade que serán sólo veinte euros. Por fin, le digo que no y, cuando intento avanzar, me toma amigablemente de una muñeca y me dice que con diez euros tiene suficiente. Tiene la mano fría y me inquieta no poder verle ojos. Antes de volver a rechazar su ofrecimiento, se despega de mí y se acerca decididamente a un coche que acaba de aparcar y en cuyo interior hay una pareja de jóvenes. Reanudo mi paso y, con el rabillo del ojo, interpreto, por los gestos que intercambia con la pareja, que les acaba de proponer lo mismo que a mí. Antes de que abandone el aparcamiento, me encuentro con una gitana que saca flores de un cubo y las corta y extiende sobre una mesa plegable. Estoy en la puerta del cementerio.
La ruta me lleva hasta la autopista, la cual se revela como una frontera fatal entre el peatón y el mar. Ha dejado de llover pero, bajo un puente de la autopista, un voluntario conversa con dos hombres que están pinchándose. Están en cuclillas, apoyando la espalda contra la pared y destapados de cintura para arriba. Viven su intimidad como animales ya que sirven de espectáculo a los coches de autoescuela que pasan a dos metros escasos.
Decido cambiar de rumbo y tuerzo por un par de calles en que la hierba brota en medio de la acerca deshecha. Un hombre cava unas tomateras en una jungla de cañas abierta entre dos desguaces de coches. Me cruzo con un grupo de trabajadores que regresan fumando de su descanso y me detengo ante un bar sin nombre y sin historia. Enfrente, hay aparcado un coche de lujo junto a una furgoneta con la luna delantera hundida. Empujo la puerta y, cuando entro, tanto el camarero como la clientela se giran y me dedican una mirada hostil. Apenas nadie habla. Me siento en la barra, al lado de un chico vestido con mono azul que da cuenta de una caña y un pincho seco de tortilla. Es el único que no se ha girado cuando he entrado. El camarero me dedica un gesto, pido un café y me lo sirve sin que me haya dicho ni los buenos días. Tomo un par de sorbos y mi vista curiosea el local. Las paredes están forradas de madera medio podrida y cuelgan fotos de Michael Jordan y del coche de Ayrton Senna. El mobiliario es de hace muchos años. Todo esto contrasta con la televisión de pantalla de plasma que tiene el sonido desconectado. En el fondo del bar hay cuatro ancianos jugando al dominó. Un hombre con un mono salpicado de pintura se deja el sueldo en una máquina tragaperras y dos chicas jóvenes desayunan, junto a los carritos de los niños, unas tostadas: son las doce. El ambiente cargado de tabaco humedece mis ojos y decido acabar de tomarme el café. Pido la cuenta y salto rápidamente de mi taburete. Antes de abrir la puerta me doy cuenta de que los únicos ruidos que se oyen dentro del bar son el de la máquina tragaperras y el de las fichas de dominó golpeando la madera.
Salgo del bar y a mi derecha se levanta una verja que me separa de un campo de fútbol. Unos chicos dan vueltas alrededor de una portería y en una esquina del recinto un grupo de gente juega a la petanca. Estoy un buen rato siguiendo la petanca y luego el partidillo de fútbol de los chicos. Cuando me canso, recupero mis pasos y atravieso una callejuela en la que unos niños de diez o doce años -¿no deberían estar en clase?- juegan al fútbol. Uno de ellos, que monta en bicicleta, se me acerca y me pide un euro. Para chuches, dice. Es invierno pero el chico combina las chanclas con un abrigo modelo años ochenta. Saco un euro de mi cartera y le digo que es suyo si antes me indica qué dirección tengo que tomar para llegar el mercadillo. Naturalmente, me señala la dirección contraria, le doy el euro y, ante su sorpresa, no le hago caso y tomo el camino correcto. El chico deja pasar unos segundos y, al final, decide alcanzarme de nuevo. Me estira un poco de la sudadera y me recuerda que al mercadillo se va por otro lado. Es en dirección contraria, me repite, gesticulando, mientras me pide un segundo euro. Ya no le da tiempo a escuchar mi negativa porque, mientras atravieso una calle muy transitada, él se queda sobre la acera con la bicicleta cruzada, como si aquel fuera el límite de su territorio.
Llego al mercadillo. Está poco concurrido. Es tarde, ha mermado el número de paradas y, cada vez más, los vendedores ilegales ocupan más espacio. Me topo con más de un carterista. Lo sé por sus caras y porque son incapaces de disimular su querencia por los bolsos. En una parada de accesorios de informática suenan SFDK con su hip hop contestatario. En este mercadillo lo más interesante es la ropa de baratillo, los pequeños electrodomésticos y lo que se llama “menaje del hogar”. Empieza a caer una lluvia gruesa y tomo un atajo para no volver sobre mis pasos. Doy por concluida mi visita.
Justo antes de llegar a mi casa, un hombre de unos cuarenta años, mellado y con los brazos remangados, se me acerca y me pide dinero. Me cuenta que lo necesita para comer y que tiene un hijo de dos meses. Yo sigo caminando y él dándome argumentos. Al final, como buscando atemorizarme, me comenta que acaba de salir de la cárcel. Me paro, nos miramos fijamente, y le suelto, con un deje de tristeza: “no te preocupes, yo también vengo del infierno”.