Querida A:
Por tus comentarios deduzco que te interesó la anécdota del misterioso caso de la Casa Usher o Casa Okupa de Gràcia, pese a que -debo confesarte- ya sabía que me ganaba tu aprecio dejándote degustar estas frescas historietas que, otras veces, te he servido, con todo mi cariño, en torno a un café. Hoy, a diferencia del otro día, quisiera relatarte una breve visita que rendí hace ya algún tiempo a orillas del Guadalquivir. Te prevengo de que aquí no encontrarás okupas en bicicleta ni treintañeras pijas bailando sobre un suelo desportillado, aunque he reservado algún apunte sabroso con que alegrarte el corazón.
El caso es que aquel día me levanté temprano porque, en España, un autocar de provincias no perdona al perezoso. Chipiona todavía regresaba de una noche fría como si, durante la vigilia, se desplazara hacia un norte escandinavo. Ya en el autocar -junto a seis, siete personas, a lo sumo- el recorrido me permitió contemplar las salinas del Guadalquivir, con Doñana como trasfondo. Detrás, fui dejando Chipiona y su faro, el más alto de España, el cual empezaba a proyectar su sombra contra las casas del pueblo. Hacia las 11 de la mañana me apeé del autocar en la estación de Sevilla y me desayuné, como mandan los entendidos, unas tostadas con queso y un café largo.
Sobre el mediodía ya estaba subiendo, como si fuera un peregrino, a lo alto de la Giralda de Sevilla. Por si no lo recuerdas, la Giralda es una torre, antiguo alminar de una mezquita, adosada a la Catedral de Sevilla. En su día fue la torre más alta del mundo. Para subir no hay escaleras, sino una rampa que se va estrechando conforme se aumenta de altura. Antes de mi visita a Sevilla, me habían indicado que por su rampa podía circular un coche de caballos pero creo que no hay más espacio que para un jinete sobre su montura. Esto, de todos modos, es realmente de admirar. Te recomiendo una visita.
Sevilla es una ciudad llana, o eso le parece al visitante. Sevilla la llana, se dice en una canción muy antigua. Desde lo alto de la Giralda pude divisar la ciudad en toda su extensión, con los meandros que traza el Guadalquivir a su paso por la ciudad, el barrio de Triana, los Reales Alcázares, etc. Cuando distraje mi mirada hacia el barrio de Santa Cruz, al pié de la Giralda, hallé un contraste maravilloso que es preciso anotar: por un lado, un conglomerado de edificios que resultó ser algo parecido a un convento, pues se distinguía algunas monjitas atravesando un patio; por otro lado, y justo al lado del convento, podía admirarse, en la azotea de un edificio, una gran piscina, como un oasis en medio del cemento. Ciertamente, no podía competir con el cercano Guadalquivir, pero tampoco era un charquito donde sólo remojar los pies. Aquel día de otoño, el sol, felizmente, calentaba lo suficiente como para apetecer un chapuzón.
A la hora del almuerzo decidí probar fortuna y alejarme del centro más turístico. Pregunté a un par de paisanos y me recomendaron un bar que estaba en la plaza del Cristo de Burgos. Anoté su nombre en mi cartera y hoy quiero consignarlo para ti: Taberna Coloniales. Me decidí a entrar porque no había guiris y sí muchos estudiantes. Con un juego de codos –tal era el estado de concurrencia del local- me abrí paso hasta la barra y allí pedí, para saciar mi sed, un salmorejo fresco y, para matar mi gula, unos chocos fritos. Una sureña me acabó de enjuagar el estómago. Como puedes apreciar, en lo que respecta a comida, no me desvié, ni un milímetro, de la legitimidad.
Mientas comía, apoyado en la barra, asistí a una conversación sobre política. Se trataba de un grupo de cuarentones, uno de ellos, con quien confinaba mi espalda, era sevillano y el resto eran vascos. El amigo sevillano, quien era el prototipo de pijo sevillano con sus pantalones de pinza, polo de marca y cabello repeinado, se declaró de derechas sin que le temblara la voz. Los vascos asintieron con un sí excesivamente eusquerizado. A esto, el sevillano añadió –como si fuera consustancial a la naturaleza de la derecha- que estaba harto de los catalanes y un etcétera que, por disparatado, pienso ahorrarte. Puro Federico mañanero. Te confieso que estuve a punto de regurgitar un aliento a salmorejo que, de haber estado presente, te hubiera hecho sonrojar.
La tarde la consagré a un plácido paseo a orillas del Guadalquivir. Visité el barrio de Triana alrededor de las cinco de la tarde y, quizá por lo intempestiva de la hora, sus calles estaban desiertas. Pero lo que más me gustó fue callejear por el barrio de Santa Cruz. Ya sabes que perderme es mi deporte favorito. Este barrio es un auténtico laberinto de palacios que actualmente están restaurando. En más de una bocacalle pensé que me tropezaba contigo.
La Giralda comenzaba a iluminarse cuando tomé el autocar de vuelta a Chipiona. Una vez en la periferia de Sevilla, los campos no se distinguían a los lados de la carretera y me dejé llevar, a rachas, por un sueño que, habitualmente, no puedo conciliar mientras viajo. Un madrugón, más de seis horas de autocar y muchas horas caminando empezaban a hacer mella en mis escasas fuerzas. Mastiqué con desgana un bocadillo que había comprado al lado de la estación e intercambié un par de palabras con un señor que se había subido en Dos Hermanas. Conforme el autocar se aproximaba a mi destino, el faro de Chipiona emergía como una Giralda transplantada regurgitando sus fulgores acharolados.
Siempre tuyo,
J.