Querido T:
La vida da muchas vueltas entorno a sí misma. Muchísimas. También puedes dar vueltas en tu propia habitación y ver el mundo entero, o marearte y rodar, como una peonza, hasta la cabecera de la cama. Luego viene cuando vomitas ese acíbar correoso del estómago, nostalgia del equilibrio, y descubres que no eres dueño ni de tus entrañas. Lo normal es desistir en el intento. Pero si perseveras, hay mundos de misterio justo debajo de tu almohada. Sin ir más lejos. Aunque yo no sabría indicarte el lado por el que deberías levantarla porque para mí esto es absolutamente natural. Aun así, estoy seguro de que habrá algún método científico o placebo que pueda ayudarte. Ahora no queda nada que no solucionen unas buenas pastillas.
Marco Polo, en su día, escribió -o dictó o como fuera- un auténtico superventas llamado Los viajes de Marco Polo o El libro del millón de maravillas, un libro cierto que no necesita pastillas. No voy a resumírtelo porque conozco tu habitual indolencia. De momento, ni siquiera te lo voy a describir: considéralo como una mujer maldita que me ha seducido con su bebedizo oriental. De ahí que no esperes que, sin más, pase a revelarte sus encantos más secretos. Te iré dejando su perfume, poco a poco, en estas mis cartas, hasta que llegue el día en que a ti también te enamore su rastro de epopeya. Si lo cito es porque Marco Polo es el paradigma del viajero que levanta acta notarial de lo que ha visto, escuchado, vivido y padecido. Gracias a él infinitos mundos de misterio se han fraguado bajo la almohada del hombre occidental. ¡Qué hermosura de sueños habrá generado la lectura del Libro de las maravillas! Por sus páginas habrán correteado los ojos ávidos de novedad del hombre sensual y el codicioso, pasando por el aventurero y el misionero. Yo también quiero consignar aquí, para que no se me olvide, que su libro es una auténtica maravilla.
Ahora mismo sostengo en mis manos un ejemplar de Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela. Es un libro soberbio. Estoy emocionado, me tiemblan las piernas como a un chiquillo ante una reprimenda y, a falta de sombrero, sólo atino a sacudirme la cabellera. Lo saco a colación porque leo en su contraportada la siguiente frase: “El escritor, aun el que más sedentario pudiera parecer, es siempre un irredento vagabundo y ése es su mayor timbre de gloria y libertad”. Ahora me explico algunas cosas.
Con todo mi cariño,
J.