El misterioso caso de la Casa Usher o Casa Okupa de Gràcia

Querida A:

Lo que te voy a contar es una suceso cierto que tuvo lugar hace ya algún un tiempo. Fue una noche de sábado cuando me cité con unos amigos. Creo que no los conoces. Como siempre, fue fácil: salida del metro en Fontana, once y media de la noche. Sin embargo, no se trataba de un encuentro rutinario, sin nada especial en que emplear el tiempo, como suele suceder. El hecho es que, de antemano, todos sabíamos que el plan consistiría en asistir a una fiesta que se organizaba en un Casal Social Okupado. Creo que ninguno de nosotros había estado antes en una casa okupa. Si se presentaba esta oportunidad fue gracias a que una compañera de trabajo de uno de mis amigos nos había invitado. La consigna era clara: intentar pasar desapercibidos porque no conocíamos el ambiente. Siendo claros, el protocolo recomendaba dejar el Rolex sobre la mesilla de noche y el traje de Armani en el perchero. Por mi parte, recibí con alborozo la posibilidad de no deshacerme de mi incipiente barba. De todos modos, decidí dedicarme una enjabonada por convicción y porque los disfraces tienen un límite que nunca podremos franquear.

Tras varias copas nos acercamos al lugar señalado. Alrededor de la puerta de la casa se arremolinaban algunos grupos de personas aunque desde afuera apenas se oía el resoplido de la música a todo volumen. Dedujimos que aquello era la entrada y, sin nadie que nos lo impidiera, nos encaramamos por unos escalones bastante tortuosos debido a la oscuridad. En el interior, se abría ante nosotros una sala de dimensiones normales para cualquier taberna, bien iluminada, con la música bastante alta y abarrotada de gente. Lo primero que pudimos comprobar fue el calor penetrante, que contrastaba con el frío de la calle. Al momento, nos sacudimos los abrigos.

Luego llegó el momento de analizar el ambiente, que era muy variopinto: desde chicos muy jóvenes hasta algunas treintañeras con el bolso de marca colgado del hombro; desde gente guapa vestida con marcas apetecibles hasta chicos que se movían con la energía de una camiseta cutre y un batallón de piercings por el cuerpo. Un manojo de clases sociales, ciertamente, concurría en el mismo local gracias a unas melodías alegres que no dudaban en hacer revisiones ochenteras. Como pudimos, nos abrimos paso hacia la barra. Sí, querida, había una barra como la de cualquier bar, con su correspondiente nevera. Asimismo, los precios de la bebida se detallaban en un papel escrito a mano y fijado en la pared. ¡Te hubiera encantado retratar con tu cámara mi rostro sorprendido! Cuando me repuse, pedí cerveza. La cerveza era de lata, y aunque ya sabes que a mí el sabor metálico de la lata me desagrada, la escogí y no me equivoqué. Algunos de mis compañeros pidieron alcoholes blancos y al parecer procedían de la peor cosecha.

Poco a poco, fuimos descubriendo pequeños detalles del local. Estoy seguro de que no estaba legalizado pero tampoco estaba lejos de ser habitable, aunque el firme del suelo era muy quebradizo, con lo que había que tener cierto cuidado por donde se pisaba, y las paredes y el techo pedían una mano de pintura. En el fondo de la sala había una gran pantalla donde se proyectaban vidoclips. Detrás de la barra, al final de un pasillo, comprobamos la existencia de un guardarropa. Pero lo que me llamó más la atención fue el funcionamiento de una luz de emergencia sobre la puerta de salida del local. Ese pequeño detalle me acabó de confirmar la inicial impresión de que aquel lugar había sido, alguna vez, un pequeño bar situado en los bajos de la casa.

El calor iba en aumento. Tuve que salir afuera para hacer mis necesidades porque había cola para entrar en el lavabo y mi vejiga no estaba para caprichos. Aproveché para investigar la parte trasera de la casa: era bastante grande y, por las pintadas y objetos que distinguí, se trataba realmente de una casa okupa. Luego comprobé que la casa tenía otra puerta, entreabierta, por donde una chica, con evidente estética okupa, intentaba hacer pasar su bicicleta.

Mi amigo habló con su compañera de trabajo, que era quien nos había invitado, y descubrimos que se trataba de una fiesta de aniversario de una radio alternativa. Pasó el tiempo y dos de los nuestros se despidieron. Al poco rato, los tres que quedamos decidimos marchar, pese a lo oposición del más juerguista, ya que cada vez había más gente y dentro apenas nos podíamos mover. Yo acabé desquiciado en un bingo que no nos quiso servir alcohol y, caminando con unos churros en la mano, llegamos hasta el metro. Nos despedimos de la noche con un sabor agridulce. Nunca hemos vuelto a hablar del tema y dudo que alguno de mis amigos hoy recuerde algo de lo que vio en aquella casa. Quiero creer que, tras nuestra huida, la Casa Usher o Casa Okupa de Gràcia no se resquebrajó ni se partió en dos como, por otra parte, cabría esperar.

Siempre tuyo,

J.

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