




上有天堂,下有苏杭
Arriba está el cielo, abajo están Suzhou y Hangzhou
En la entrada de hoy te cuento el viaje de seis días de Sara y José por las provincias sureñas del Jiangsu y de Zhejiang, con el final en Shanghái. ¡Acompáñame!
En Hangzhou, nuestra primera parada, estuvimos dos noches. Para llegar a Hangzhou desde el aeropuerto hay que cruzar unos suburbios llenos de casas que pertenecen a los nuevos ricos de Zhejiang, una de las provincias más prósperas de China. Sus casas, de entrada, sorprenden. Apretadas unas con las otras, sin llegar a estar adosadas, pero de tres, cuatro o hasta cinco plantas, coronadas por torreones a veces circulares y con tejados de una pendiente inusual para estas latitudes donde apenas nieva, estas casas, diseñadas con la pomposidad de un Viollet-le-Duc, son el paradigma del nuevo rico y, digámoslo ya, del mal gusto. No extraña, pues, que, una vez en el corazón de Hangzhou, se encuentren muchas firmas de reconocido prestigio, como Ferrari, Austin Martin, Gucci, Armand Bassi, etc. que se han instalado allí para aplacar las irrefrenables ansias de comprar objetos de lujo de esta nueva clase de potentados. Sabemos que los chinos saben exportar como nadie y, si no, mira la etiqueta de tus calzoncillos o de tus bragas. En cambio, demuestran que importan mal, muy mal. Acabarán haciendo tintos de verano con vinos de seis mil euros, como los rusos en la Costa del Sol.
Además de la actual prosperidad de Hangzhou, esta ciudad es considerada una de las capitales históricas de China o, seamos más precisos, la capital de alguna de las muchas dinastías que han gobernado China o parte de ella en la milenaria historia del País del Centro. Marco Polo -siempre una referencia en este blog- estuvo allí en su día y dijo que Hangzhou era la ciudad más elegante que había visto en el mundo. Por esa historia tan dilatada, Hangzhou es conocida en toda China por muchos aspectos, como algunos platos típicos –la carne con tofu o el pescado en vinagre- y los paraguas de bonitos estampados. Probamos y compramos un poco de todo.
Nuestro hotel estaba ubicado en el mismo entorno de los jardines del lago Oeste, a dos minutos escasos de la orilla. La habitación era pequeña, pero tenía un amplio tragaluz. Cada noche esperábamos a que el cielo se despejara –pues nos llovió algo- y pudiéramos contemplar las estrellas desde la intimidad de nuestras sábanas. Finalmente, no pudo ser. Hangzhou es una ciudad muy hermosa. Bueno, digamos que la parte que da al lago Oeste, que es la más conocida y la que atrae el turismo.
El lago Oeste me recuerda a las postales que he visto del lago Leman, en Ginebra, aunque, en vez de montañas nevadas al fondo, en Hangzhou se disfruta de unas montañas llenas de vegetación y también del perfil de la ciudad alta y nueva. Alrededor del lago hay muchos y coloridos parques, esbeltas pagodas y coquetos pabellones donde perderse o descansar. El lago es bastante grande y, por desgracia, no tuvimos tiempo de verlo todo, aunque sí de dar un paseo en barca y de ver la orilla desde cierta distancia. Es muy aconsejable alquilar una bicicleta y pedalear intensamente en busca de algún ángulo que permita tener vistas del lago. En la mayor parte del paseo que rodea al lago no se puede montar en bicicleta, pues está reservado a los peatones. El paseo, cabe subrayarlo, es delicioso, especialmente por la noche, aunque lo que más me gustó fue un larguísimo dique que cruza el lago de norte a sur y que está salpicado de jardincillos, arboledas y amables rincones donde se pueden encontrar pescadores que acechan a gustosísimas presas, niños revoltosos escapando de sus madres o parejas enamorándose una y otra vez.
Una de las noches asistimos a un espectáculo de baile, agua y luces sobre el lago Oeste, organizado por el archiconocido Yang Yimou que, por si no lo conoces, es algo así como el Almodóvar chino. Ni a Sara ni a mí nos convenció y seguimos pensando que el espectáculo que vimos en el parque de atracciones de Happy Valley valía mucho más la pena. Asimismo, una mañana visitamos un parque natural que está en las afueras de Hangzhou. Este parque natural está formado por una serie de lagunas y canales que han sido reformados recientemente para el goce y disfrute del paseante y pretende convertirse en un nuevo polo de atracción turística.
Hangzhou nos gustó mucho, pero abandonarla fue una odisea. No había taxis disponibles y el colapso en las calles era considerable. Tomamos dos autobuses y, tras una hora para un trayecto que debería ser de diez minutos, llegamos a la estación de trenes, donde había una gran agitación por la cercanía de los tres días festivos que se celebran alrededor del uno de mayo. Cuando en China se habla de que hay mucha gente es que, efectivamente, hay mucha gente. En Europa no estamos acostumbrados a ver magnitudes como las de aquí y, por mucho que me esfuerce en hacer de Marco Polo, soy incapaz de describirte algo que, mejor, vienes y lo ves.
En China hay unos trenes de alta velocidad magníficos: limpios, espaciosos, cómodos, rápidos, baratos… No obstante, esta modernidad contrasta con algunos pasajeros que parecerían sacados de otros tiempos, como unos porteadores que encontramos que cargaban su peso en los dos extremos de una gruesa vara de bambú. Tardamos media hora en llegar a la ciudad de Jiaxing, un lugar que ningún amigo pekinés conoce porque se trata de una ciudad de sólo tres millones y medio de habitantes… (A vueltas con las magnitudes). Una vez fuera de la estación, tuvimos que cruzar la ciudad en un autobús de línea. Esta tarea nos llevó otra hora y en penosas condiciones, pues el autobús estaba lleno hasta la bandera. Agotados, al llegar a la estación de autobuses nos dijeron que no quedaban autocares para Xitang. Así pues, tuvimos que aceptar el ofrecimiento de unos taxistas ilegales y, junto con otros pasajeros, nos encaminamos a nuestro nuevo destino.
Desde Hangzhou hasta Shanghái se extiende una vega surcada por innumerables canales, lagunas y ríos. Los campos son amplios y verdes. Tienen que ser muy fértiles, pues alguna vez fueron el motor de la economía agrícola china. Hay muchos invernaderos (que se preparen en Almería y Huelva jeje) y campos de maíz, cebada y arroz. Algunas mujeres venden fresas con polvo al pie de las carreteras y, de vez en cuando, te cruzas con algún burro cargado de cacharrería cubierta con una lona. Los campos están rodeados de pequeños corros de casas y de innumerables fábricas. Por todos los lados se encuentran montañas de carbón y arena, ladrillos, grúas, chimeneas, barras de metal, camiones, maquinaria, carreteras y más carreteras. Este es el corazón de la fábrica del mundo. Aquí es donde te tejen los calcetines y donde cosen los botones de tu abrigo; aquí es donde producen muchos de los componentes de tu coche o de tu ordenador, así como de tus muebles. Ya los ensamblarán en Europa. Es un paisaje terrible y hermoso a la vez, depredado palmo a palmo por el hombre y sin un resquicio a la naturaleza salvaje.
Tras una hora de viaje y cuando ya anochecía, llegamos a Xitang, que es el pueblo turístico donde hicimos nuestra segunda parada. Nuestro alojamiento era una casa estructurada alrededor de varios patios a cuya entrada principal se accedía desde la parte más nueva de la ciudad, mientras que la puerta trasera conducía directamente al casco antiguo. Xitang se emplaza en la confluencia de nueve ríos –según Wikipedia, porque yo desistí de contarlos- y, hasta hace nada, sus habitantes se dedicaban a la pesca fluvial. Las calles son canales, como si fuera Venecia. Los canales se salvan con empinados puentes que permiten que las barcazas paseen a los turistas. Las casas del antiguo Xitang son auténticas, nada de las reconstrucciones a las que tanto nos tienen acostumbrados los chinos. En un tiempo no muy lejano, sus habitantes debieron de ser muy pobres, pues las casas son pequeñas, están todas apiñadas y, de vez en cuando, se abren para dar paso a algunos húmedos y estrechos callejones.
Desgraciadamente, Xitang se ha convertido en una nueva Meca del turismo. Todas las casas que dan a los canales, sin excepción, se han convertido en tiendas donde se vende de todo, muchas veces sin relación con Xitang. El pueblo estaba abarrotado de turistas, todos chinos, y a duras penas se podía transitar bajo sus estrechos soportales. Yo era, probablemente, el único extranjero y, claro está, me convertí en una atracción más.
A la hora de salir de Xitang nos volvimos a encontrar con la dificultad de conseguir unos billetes de autobús, así que acordamos un precio con un taxista ilegal y, junto con otros viajeros, pusimos rumbo a Suzhou, nuestra tercera parada. Actualmente, Suzhou es una ciudad rica, como Hangzhou, y también alberga algunas de las grandes marcas internacionales para satisfacer el ego de los nuevos ricos. Además, Suzhou es otra gran ciudad histórica de China, conocida como la ‘Venecia del este’, aunque ni Sara ni yo vimos el paralelismo por ningún lado. Después lo hablé con R. y ella me dijo que tampoco lo vio cuando fue. También es verdad que sólo estuvimos una noche y nuestro tiempo dio para lo que dio. Además, ¿cómo me atrevo a compararla con Venecia, donde nunca he estado? También visitó Suzhou el ilustre veneciano Marco Polo y le dedicó elogiosas palabras. Seguro que él sí pudo compararlas con conocimiento de causa. Suzhou es muy conocida por sus jardines, que son el gran referente de la jardinería china. Nosotros fuimos a uno y había que hacer cola para moverse por dentro del jardín… Aunque, sobre todo, Suzhou es conocida por su producción de seda y por sus abanicos. Me imagino que del buen vestir viene la fama de las mujeres de Suzhou como las más guapas de China. Yo no me atreví a comprar seda, pues, además de cara, es un producto perfecto para estafar al ignorante como yo.
Suzhou nos recibió con un clima suave y estuvimos la mar de bien. Su casco antiguo tiene una regularidad de campamento romano, esos que dieron su forma primitiva a Barcelona o a otras muchas ciudades amadas y, claro está, un latino como yo se siente equilibrado (norte, sur, este y oeste, así de fácil), sin necesidad de fengshui ni nada parecido. A la hora de dejar Suzhou nos encontramos con otro atasco imposible de superar para nuestro autobús. Temimos perder el tren, aunque habíamos salido del hotel con tiempo. Finalmente, no lo perdimos, pero las carreras ya no nos las quita nadie.
Shanghái fue nuestro cuarto y último destino, a tan solo media hora de tren de Suzhou. ¿Qué voy a contar de Shanghái? El centro es muy diferente a Pekín. Tiene cierto aire occidental, con calles estrechas y edificios que forman manzanas. Nuestro hotel estaba muy cerquita de la calle Nanjing, la más famosa de la ciudad por su concentración de tiendas. En la calle Nanjing Sara y yo hablamos con uno de los famosos vendedores callejeros de relojes y bolígrafos que imitan marcas conocidas, como Rolex y Montblanc. “Falsos no son –dijo-, son productos que intentan aproximarse a los originales”. Hay que admitir que hay gente que tiene arte y no es de Sevilla. Este tipo nos contó que ofrecía esos productos sólo a los extranjeros porque los chinos no conocían esas marcas. ‘Ya las conocerán’, pensé. También nos contó que la venta era muy irregular: había días que vendía uno y días que vendía diez. En Shanghái aprovechamos para probar la comida local y fuimos a un par de restaurantes caros donde nos dejamos unos buenos dineros, pero valió la pena.
En Shanghái también cruzamos ese río que es donde se fletan todas esas mercancías producidas en algunos de los lugares que hemos visitado en este viaje. Shanghái es la gran ciudad capitalista de China, aunque Sara descubrió, en la misma calle Nanjing, símbolo del consumismo, unos paneles electrónicos que aconsejaban al transeúnte moderación, conservación de las buenas costumbres, mantenimiento del espíritu de camaradería y mil y una zarandajas maoístas. Me imagino que estas consignas estaban destinadas a la gente del campo que viaja a Shanghái. Comunismo para unos, consumismo para otros.
Contemplando la estatua de un líder comunista local vestido con esa especie de mono y gorrita azul, tuve la sensación de que en Shanghái el comunismo no pudo ser más que una moda en el vestir, como lo pueda ser el vintage; que esta ciudad lleva impreso en su ADN el mercadeo y el trapicheo; y que hubo algún tipo de pacto entre sus próceres y los capitostes comunistas para aparentar un sistema mientras, por debajo, algunos hacían negocios. Entre estos pensamientos, cruzábamos ese ancho río camino del nuevo distrito de rascacielos y residencias de lujo que se extiende en la otra orilla, encarando con altivez los antiguos edificios erigidos por las antiguas potencias extranjeras y/o agresoras, ahora en manos de Louis Vuitton, Omega, ICBC…
Nuestro viaje por las ciudades de lagos, canales y ríos termina aquí, muy cerquita del mar, el más grande de todos los lagos, canales y ríos. Lamentablemente, no pudimos verlo.
(FOTOS: en la primera foto estoy en Shanghái, con el río a mi espalda; en la segunda foto estoy en la calle Nanjing de Shanghái; la tercera foto es un detalle de Suzhou; en la cuarta foto vemos una vista de Xitang; en la quinta foto, estoy apretujado entre las paredes de unas casas en un callejón de Xitang).