Happy Birthday and Quick Farewell

Querido J:

Todo esto balbució por primera vez entre las sedas de un 7 de diciembre de 2007. Un grito, un sobresalto y dos ágiles zancadas fueron las primeras maniobras del neonato en esta enredadera internáutica. El Alarife echó a andar sin alharacas -o al menos eso prometí- y tú lloraste como llora el tío de la criatura.

Por aquel entonces, yo era un ingenuo escribidor -y lo sigo siendo, no creas- que delineaba peldaños circulares hasta Nueva Zelanda. Al principio me esforzaba, tal vez con pocas aptitudes. Por eso abaraté el nivel y, con el discurrir del tiempo, el nivel me descabalgó a mí mismo. Detrás de tanta presunción hubo trabajo, no creas, aunque también descuido, flaqueza y urgencias gratuitas. Son excusas únicamente parciales porque ante la evidencia uno tendría que doblegarse y apearse en la primera estación decorosa.

Si no lo hice hasta ahora será por mi testarudez congénita. Nueva Zelanda fue un pozo sin fondo mal aprovechado pero tuvo cierto éxito y quizá eso me espoleó. Después de este viaje maravilloso del que tanto conté, vino la decadencia, como habrás podido apreciar. Se salvan, eso sí, algunos momentos eximios que luego hemos compartido en la cantina. Esas risas que no nos las quiten.

El Compás del Alarife cumplió, ayer 7 de diciembre, su primer año de vida. A pesar de ello, te comunico que me tomo un respiro sin límite de tiempo. Actualmente estoy en el fragor de la batalla y ya no podría seguir atendiéndolo como se merece. No sé si lo acabaré cerrando o lo retormaré en un futuro.

Querido amigo, esto es un cumpleaños y una rápida despedida. Espero que te cuides mucho. Se te echará de menos por aquí.

Recibe un cordial saludo de tu amigo,

j.

Los perdedores de la Historia

Querida M:

Me imagino que desde tu provechoso exilio ginebrino –y rousseauniano, diría, yo- no estarás al tanto de las últimas tribulaciones que destilan de mi fecunda herida cotidiana, aun cuando antes de partir es seguro que tuviste ocasión de degustar alguna de mis empalagosas disquisiciones. Así pues, no te extrañará que te confiese que, ahora que he probado el CAP en carne propia, siento que me sorbe la delicia sabatina como una esponja estrangulada.

Sin embargo, permíteme que antes de hablarte del CAP te relate algunas de mis conexiones más extravagantes. El caso es que desde hace algún tiempo me vengo entregando al séptimo arte con desacostumbrada pasión aunque, dicho sea de paso, también con el fin de entrenar mi menguado oído en los relieves de la lengua inglesa del mismo modo que los sordos ejercitan la yema de los dedos para leer en Braille. Aunque, a diferencia de los ciegos, mis resultados son exiguos, digamos que la afición espolea al estudio, o viceversa, y después de ver tantas películas uno no sabe qué extraño ahínco le impulsa a darse un chapuzón tras el objetivo de Hitchcok o de Kubrick. ¿Será la envidia burguesa e insulsa del crimen perfecto? ¿El entusiasmo viril, activado por un arcano genético, por la acción violenta y desasosegada? ¿La mezquina aspiración a remotos paraísos, a amores desenfrenados, a retorcidas pesadillas? Who knows, dear…

Ayer por la noche me volví a entregar a este mi pequeño vicio con“¿Quién teme a Virginia Woolf”, una película actual aunque atesore 40 largos años, con Elizabeth Taylor y Richard Burton como actores principales. Ambos realizan el papel de un matrimonio de borrachos cuarentones entregados a una decadencia a la vez enternecedora y turbulenta. Ella es la hija del rector de la universidad y Burton es profesor agregado de Historia. Burton, además, como su mujer le echa en cara, “está estancado”. Para ser exactos, ella le llama, despectivamente, “swampy”, que es algo así como cenagoso o pantanoso. Agreguemos, para completar el cuadro, que, gracias a este matrimonio, Burton consiguió la plaza de profesor. Lo que me llama la atención en este momento es que en la película la figura del profesor de Historia se conjuga con la del profesor perdedor. De hecho, en la trama hay algunas alusiones que señalan que la identificación no es inocua. Por todo ello, no he podido dejar de acordarme de mis compañeros del CAP.

Desde la célebre capitulación de Boabdil no creo que se hayan vertido sobre las páginas de la historia lágrimas tan nobles de decepción como las de los jóvenes graduados de este país. Francamente, creo que, entre los perdedores de la historia de España, además de los que cita Fernando García de Cortázar en su reciente libro, se encuentran las nutridas hornadas de licenciados en Historia que la universidad española está apilando junto a la pira funeraria de las ETTs. Hornadas que, en el mejor de los casos, se ocultan tras el mostrador de una oficina de aire macilento y, como diría Ovidi Montllor, repiten “Sí, senyor” como subidos sobre un muelle desportillado.

Es cierto que, cuando estos jóvenes, antaño ilusionados, se alistaron en esta guerra, sabían que estaba perdida de antemano y que sólo unos pocos aguerridos podrían alcanzar la gloria. Y, aun así, se entregaron a una causa maldita sin esperar ningún tipo de prebendas porque quien no es comunista con veinte años no tiene corazón, o eso dicen algunos. Gracias a la perspectiva que da el tiempo yo me pregunto: ¿acaso en primero de Ingeniería a los alumnos les devora un cuervo el corazón?

Sólo guiados por el placer mimético de escuchar y contar cuentos, la embriaguez espejeante de las historias de chirucas contadas al calor de las hogueras, la joie de vivre de una adolescencia etílica y apremiante, la nostalgia privativa de los corderos que van al degolladero… de esta suerte, los jóvenes historiadores se consagraron a una querencia que, como los amores de los tangos, paga mal.

Visto esto, no me vengan con eso de que la Historia es para mentes esencialmente racionales. Tú lo has escuchado tantas veces como yo y te has debido de sonrojar ante tanta calumnia. Porque las paradojas del destino nos señalan que la Historia, aun la más positivista, ¡la elaboran los más utópicos de los estudiantes! Aceptada la secular resistencia al cálculo de estructuras, a los futuros historiadores les hubiera sido poco gravoso atreverse con las leyes o con la administración de empresas: acolcharse contra el vil consuelo del vil metal y, cierto es, descorchar unas merecidas botellas de cava tras el suplicio. En cambio, y pese a la presión ambiental, se dejaron seducir por el hechizo de Sheherezade pensando que el idilio con la Historia iba a prolongarse mil y una noches. No contaron con que el sultán Shahriar estaría allí, al final de la jornada, para impedirlo. No me gustan los lemas sesentayocheros pero es que ser joven y entregarse al placer no debiera constituir ningún delito.

Así pues, como en la fábula de la cigarra y la hormiga, estos camaradas historiadores que me acompañan en el CAP se encuentran a sí mismos con una mano delante y otra detrás; víctimas de un ERE o, a veces, con trabajos a dos euros la hora, como en el CCCB; algunos casados, con hijos, hipoteca y monovolumen. Cuando empezaron, ¿quién les iba a decir que, a sus treinta y algo, la Historia vendría a rescatarlos aupada sobre el flotador de la docencia?

Serán incautos si creen ver en esta nueva profesión su viejo sueño de juventud. La Historia, tal y como la van a tener que entender a partir de ahora, es una mujer deshecha, arrasada en su interior, juguete despeñado de los arrabales, una furcia cazadotes que se maridaría con el primer chulo que le pagara un trago. Y es que, querida amiga, a mis compañeros del CAP les llega el sueño, tarde y pesado, con una carga triste y humeante de vagoneta de carbón.

Je t’embrasse,

j.

El 12 de octubre: análisis y perspectivas futuras

Para empezar, y desde mi agujero de ciudadano de a pie, quiero dar las gracias a la ultraderecha española por su pertinaz homenaje a la bandera. Asimismo, quiero dar las gracias a los llamados “antifascistas” por ser, como cada año, puntuales a esta ya vieja y casi diríamos antediluviana cita. Gracias a todos vosotros gran parte de la ciudadanía democrática no puede, por un mero acto reflejo de dignidad, celebrar el día de hoy con naturalidad; gracias a la incautación de la bandera, por parte de unos, y a la amenaza física a cualquiera que la exhiba, por parte de otros, esta fiesta es un auténtico fiasco.¡Enhorabuena!

Aparte de estos grupos de indeseables que, como en las representaciones de moros y cristianos, se dedican a recrear tiempos (¿tal vez mejores?), a los ciudadanos demócratas no se lo pone fácil el gobierno de España, que es quien ostenta el mando político de las fuerzas armadas. Está claro que el problema no estriba en que se celebre una parada militar porque este acto se organiza en todos los lugares de la tierra donde el hombre tiene miedo de otros hombres y decide armar un grupo de soldados profesionales. El problema, a mi juicio, es que la parada militar se convoca, justamente, el día de la fiesta nacional de España. Y esta coincidencia, con el tomo de la Historia de España contemporánea en las manos, es un error que los ciudadanos no se pueden permitir. Además, de todo ello, y con razón, se aprovecha ese histriónico bufón de los nacionalismos periféricos. Un bufón, no obstante, que el día que consiga la independencia emulará dicho error, si cabe, con mayor pompa y estridencia.

Pero la coincidencia con la parada militar no sería el único envés de este día.,el cual parece que nació esquinado. Otra coincidencia, nada inocente, es la que marca el calendario eclesiástico: el 12-O es también el día consagrado a la Virgen del Pilar, otrora llamada “Patrona de la raza”, que, desde principios del siglo XX –si la memoria no me falla- es considerada la patrona, además de Aragón, de España. Nada tengo en contra de la Iglesia católica pero esta coincidencia con la fiesta nacional no hace ningún bien a la España contemporánea en la que el laicismo ha sido un bien tan escaso como efímero. Como puede deducirse, la espada y la cruz –ésta, hogaño muy subrepticiamente- se entrelazan en una fecha que, de la misma manera que exigíamos para el día de la comunidad autónoma de Catalunya, debe ser una fiesta cívica de carácter integrador y no excluyente: una festividad laica de la democracia.

En el cúmulo de los despropósitos, dicha fecha es, asimismo, el día señalado tradicionalmente como el del Descubrimiento de América. De hecho, el 12-O fue, antes que nada, el día del Descubrimiento, y la triple coincidencia con la parada militar, el día nacional y la celebración religiosa es posterior. Que la fecha en que Rodrigo de Triana avistó tierra americana, por primera vez, coincida con la fiesta nacional de España no puede dejar indiferente a nadie, pues el Descubrimiento es un eslabón de primerísimo orden en la posterior conformación nacional de España. Y, como tal eslabón, no está exento de controversia.

Por un lado, esta coincidencia entre la fecha de la llegada de Colón a América y la de la fiesta nacional tiene tradicionalmente un regusto imperialista –religioso o militar- que a nadie se le escapa. En consecuencia, si criticamos a los nacionalismos periféricos por su imperialismo descarado, ¿por qué no íbamos a decir lo mismo de esta otra rémora de nuestra democracia?

Por otro lado, y a diferencia de lo anteriormente descrito, la conmemoración del Descubrimiento de América ha sabido evolucionar con el tiempo y adaptarse a un nuevo escenario que concita la hermandad –en un plano de igualdad- con los pueblos hispanoamericanos y que es el reflejo del viraje positivo de la política exterior de España desde poco antes del advenimiento de la democracia.

He aquí algunos apuntes sobre la dilatada historia de esta fiesta: hasta el primer cuarto del siglo XX el 12-O fue conocido con el nombre de “día de la Raza”. Posteriormente, y merced al impulso de algunos intelectuales como Ramiro de Maeztu, pasó a denominarse oficiosamente como “día de la Hispanidad”. No fue hasta el año 1958 cuando se oficializó dicho nombre. En el año 1982 un Real Decreto confirmó la oficialidad de la fiesta. En 1987  se la ratifica, por medio de ley, pero se prescinde del nombre de “día de la Hispanidad”: el 12-O, desde entonces, es formalmente “el día de la fiesta nacional”. Finalmente, desde hace bien poco se convoca el 12-O, en Madrid, el desfile llamado “Viva América”, de contenido lúdico y festivo.

De todo lo dicho hasta ahora se puede inferir que el 12-O, como ya he manifestado en otras ocasiones, a muchos ciudadanos no nos representa. El que esta fecha esté excesivamente cargada de significados de muy difícil desbroce puede llevar a pensar que lo más sensato sea cambiar la fecha de la fiesta nacional. Una alternativa que, desde 1978 se ha propuesto, es la del día 6 de diciembre, día de la ratificación por referéndum de la Constitución española (CE) y que, como tal, es considerado día festivo en toda España. El 6 de diciembre representa lo mejor –y más granado, si se quiere- del siglo XX: la clave de bóveda de un pasado tortuoso, el mojón que marca el deslinde entre un antes y un después de nuestra historia contemporánea.

Esto no es óbice para que algunos sigamos pensando que esta CE contiene un listado de artículos que necesitan una reforma premiosa (como el Título VIII, de la organización territorial del estado, o el artículo 3, de política lingüística); del mismo modo, algunos tampoco vamos a dejar de pensar que la famosa y santa Transición fue en realidad, en las sabias palabras de López Burniol, una Transacción. A propósito de ésta, algunos no podemos dejar de expresar el muy mal sabor de boca que nos deja, como si en el quite hubiéramos perdido un capote al que le teníamos apego.

Así pues, éste es mi tan esperado posicionamiento ante el 12-O. Estoy seguro de que esta propuesta -que me limito a recoger- para dignificar la fiesta nacional de España es muy discutible y que, como en el caso del 23 de abril para el día de la fiesta de Catalunya, habrá muchas otras alternativas también válidas. Espero comentarios. También acusaciones.

La cola

La casa de uno no es para vivir, es para volver

Ernest Hemingway, citado por Rosa Maria Calaf

Es terrible esto de las colas. El caso es que desprenden un turbio aroma proletario, que dirían Sostres y ese espécimen de clasistas abotargados que se revuelcan en el ombligo cerúleo del mundo. Mi suplicio empieza cuando, de muy buena mañana, entro en la oficina y me encuentro con un personal disgustado y que, a regañadientes, guarda más o menos unos límites dentro de esa línea imaginaria hacia el mostrador, que es la esperanza. Entonces, y sin otra opción que afrontar la cola, empiezo a repasar mentalmente las cosas que todavía me quedan por hacer como buscando la mera excusa con que mantenerme entretenido. A los pocos minutos, a decir verdad, comienzo a desesperarme.

Tras el siguiente estado emocional, o sea, la resignación, me rehago y me dedico a registrar cada detalle de mis compañeros de cola. Sobresalen los currelas de mono azul y los administrativos de polo de rayas, aunque también hay jovencitas maquilladas como para una boda y que desprenden ese perfume fresco de la sesión matinal de tocador. Es gracioso el intento, por otro lado infructuoso, de adivinar a qué se dedican estas personas, cuál es su nombre, cómo les gusta el café, con quién se acuestan y toda una retahíla de preguntas que, si se deslizaran de mi mente a mi lengua, resultarían impertinentes.

De esta guisa pasan los minutos y el gentío de currelas y chicas maniquí sigue impertérrito; por mi parte, siento precipitarse el tiempo en el abismo estéril como se precipita por las escaleras el cochecito del niño en “El acorazado Potemkin”. A pesar de esto, trato de ocultar mi “horror vacui” en un ensimismamiento hipócrita mientras a algunas personas la desesperación se les nota en ese palmeo contínuo de los pies contra el suelo –que en las salas de espera es siempe de mármol-, en las mil y una dobleces que aplican a la documentación que llevan consigo y en la facilidad con que echan mano del móvil para formular el rutinario “cariño, ¿qué haces?”. Pero esto no me da más que para unos pocos segundos.

A continuación, y gracias a que he guardado muchas colas y creo sabérmelas todas, me decido a tensar la cuerda con mi último as y despliego el diario que previamente a mi llegada a la oficina había adquirido y doblado contra mi torso. No puedo dejar de parpadear ante los titulares. Son los de siempre. ¡Adónde vamos a ir a parar!, mascullo. Y la señora de detrás, sin disimulo, fija su mirada en las páginas salmón de La Vanguardia y, cuando humedezco mis dedos y cambio de página y me giro hacia ella, inquisitivo, me dedica una mirada un tanto insolente, como diciendo, “¿qué te pasa?”. Eso pienso yo, tuteándola, ¿qué coño te pasa?, pero no se lo digo y me reúno a mí mismo en un ovillo, no vaya a soltarme un bolsazo de los que marcan fieramente la mejilla.

Al cabo de un rato eterno, una trabajadora se presenta ante la cola -ese monstruo colectivo que resopla y gruñe y que podría soltar fuego por la boca- y comunica que se acaba de abrir un nuevo mostrador. No le da tiempo a rogar que la gente se coloque siguiendo el orden previo: una estampida de elefantes trota hasta el mostrador con más desfachatez que vergüenza. Como es normal, me encuentro entre ellos. ¡A ver quién nos mueve ahora! Aun así, por culpa de estar entretenido con La Vanguardia y la fisgona de detrás, no he podido ser el primero, así que espero tras la línea que, muy gentilmente, indica a los segundones un “espere aquí” consolador.

Cuando llega mi turno tomo asiento, vacío el sobre con los papeles que, acto seguido, le muestro a la administrativa y, tras manosearlos, ésta me indica que falta uno y que, por evidentes razones de las que yo debería ser conocedor, hoy no puede resolver nada. Me quedo helado. Esto sólo me pasa a mí. ¡Vuelva usted mañana!, dicen que alguien me susurró agriamente al oído en el mismo instante en que el hielo avanzaba a la altura de mis rodillas. En consecuencia, y sosteniendo las riendas de la furia, es decir, apretando bien fuerte los puños –no me sé otro método-, me incorporo, dando paso a la fisgona de las páginas salmón de La Vanguardia, y me encamino hacia la puerta, cabizbajo y dolorido, mientras la nutrida prole de la cola aguarda su turno con un disgusto de mil demonios.

Correspondencias (Toni López): ¿Por qué en Extremadura las escuelas cuentan con un ordenador por niño?

El 11 de Marzo de 2003, la Junta de Extremadura y la Junta de Andalucía firman un “Protocolo General de Cooperación en materia de Software Libre y de gnuLinEx en particular”.

¿Pero qué es gnuLinux y cómo afecta a la capacidad de docencia (entre otros)?

Linux es un sistema operativo tipo Unix que se distribuye bajo la Licencia Pública General de GNU (GNU GPL), es decir: es software libre.

La idea de Linux, sobre todo, es una ideología de progreso. La implantación de equipos con sistemas Linux elimina el principal gasto en la compra de máquina: el pago de las licencias Windows. Este pago supone más de un 50% del total del precio del equipo en cuestión.

La importancia del uso de sistemas operativos bajo software libre es que abarata los gastos en infraestructura informática casi a la mitad. En el caso que nos ocupa, gnuLinEx se encuentra, principalmente, en todos los centros docentes públicos de la comunidad extremeña, contando con un ordenador (con gnuLinEx instalado) por cada dos alumnos o por cada mesa, para ser más exactos.

GnuLinEx está basada en Debian GNU/Linux y GNOME, contando con OpenOffice.org como Suite Ofimática, entre otras aplicaciones. Está impulsado por la Consejería de Economía, Comercio e Innovación de la Comunidad Autónoma de Extremadura. Durante un periodo considerable de tiempo, la comunidad extremeña ofreció también apoyo a la de Andalucía (la cual se inspiró en gnuLinex para desarrollar Guadalinex) en la implantación de soluciones abiertas en colegios, administración, etc.

Este modelo extremeño se fue expandiendo y algunos gobiernos autonómicos empezaron a desarrollar sus propias distribuciones: Augustux en Aragón, LliureX en La Comunidad Valenciana, Molinux en Castilla-La Mancha, etc.

Gracias a Dios, mejor dicho, a la lógica monetaria, en Cataluña se empezó con el proyecto Linkat en el 2006 que sigue con la misma ideología que Linex o GuadaLinex. El actual Conseller d’Educació de la Generalitat de Cataluña, Ernest Margall, en el marco de Expodidáctica, declaró que en el presente curso escolar, 100 escuelas poseerán Linkat como sistema operativo y en dos años, se implantará en la totalidad de las escuelas de Cataluña.

La pregunta que se hace este humilde usuario es la siguiente: ¿por qué una comunidad autonómica más dinámica como Cataluña no ha caído antes en la cuenta de este despilfarro de dinero público?

Háganse las cuentas: una pequeña administración como la Universidad de Sevilla dedica cada año dos millones de euros, al pago de licencias, al descomunal monopolio de Bill Gates. ¿Se imaginan el cambio que se operaría en Cataluña a nivel docente y empresarial?

Querido Toni:

Gracias por tu explicación esclarecedora. Hace tiempo que algunos nos preguntamos las causas de la fijación nacionalista con Extremadura. ¡Pobres extremeños, qué le habrán hecho a la nación catalana! Ahora vemos que no todo es dinero en la vida, aunque es importante que el gobierno español sea equitativo: a cada cuál lo suyo y Cataluña, por el aumento de población, requiere más dinero. Sin embargo, también hay que saber administrar bien el dinero con el que se cuenta. Luego te lo dejas en pagar licencias inútiles a Bill Gates o en embajadas de aires imperiales y no tienes dinero para pagarle la operación de rodilla a la tieta Maria. Pero, claro, es más fácil llorar las desgracias en el hombro de Zapatero. Papá estado al rescate: la eterna adolescencia.

Saludos,

j.

Últimas noticias

1) Llevo dos semanas en la Universidad. Ahora estoy un poco liado pero, de momento, estoy contento con las asignaturas. Me he apuntado para presentarme al nivel de Advanced en diciembre. Espero aprobarlo. En un mes empezaré las clases del CAP los sábados por la mañana. Al final no pude matricularme al nivel D de catalán. La cosa fue como sigue: las oficinas abrían a las 10 de la mañana y me presenté a las 8:30 con el fin de ser de los primeros. Lo que yo no sabía era que los trabajadores de la oficina entraban a las 8 y a esa misma hora repartieron los números para hacer la matrícula. A las 8:30 todavía quedaban números pero cuando me fui a matricular los horarios que a mí me interesaban estaban cerrados. Es la segunda vez que no puedo matricularme al nivel D. Espero que a la tercera sea la vencida.

2) Dentro de dos semanas Juan y yo vamos a intentar la humilde hazaña de coronar la cumbre del Puigmal, de 2900 metros. Es un reto que nos apasiona y nos apremia antes de las primeras nieves.

3) Estoy a punto de comprarme un ordenador portátil. El dinero escasea pero empieza a convertirse en una herramienta indispensable.

4) Todavía no he cobrado el paro. Estoy a la espera de un papel. Espero cobrar pronto. Sin trabajo el frío del otoño es más incisivo.

5) Intentaré actualizar mi blog más a menudo. Últimamente lo he tenido muy abandonado. Próximamente colgaré más fotos.

El dia de Catalunya

L’Estatut de Catalunya, al seu article 8.3, diu: “La festa de Catalunya és la Diada de l’Onze de Setembre”. Malauradament, aquesta festa no és la meva. Atès que celebrar les festes no és de directe i obligat compliment per al ciutadà, no celebraré l’11-S, encara que el respectaré. Per tant, no en faré, de boicot, com es fa amb el 12-O, festa que, per cert, tampoc m’agrada. Però aquesta última és una altra guerra que deixo per més endavant.

Aquest distanciament entre la Diada i alguns catalans és deu al fet que l’11-S només és una festa feta a mida per a nacionalistes i, darrerament, sobiranistes catalans. Els xiulets que, l’any passat, alguns impresentables li van dedicar a Miguel Poveda, quan va cantar en castellà als actes organitzats al Parc de la Ciutadella, són paradigmàtics. La llengua castellana, la parla corrent, si més no, de la meitat de la població, es va rebre com una provocació en un dia que, no oblidem, l’Estatut estableix com el dia de tothom.

Enguany, la promoció de l’estelada com a bandera quasioficial n’és un exemple. La reiteració d’aquestes actituds forma cercles concèntrics que van restringint, de mica en mica, les possibilitats sincrètiques de la festa. No es pot oblidar, però, que l’11-S va nèixer amb un suport restringit i elitista i, en aquest sentit, ha romàs gairebé inalterable. Així doncs, entenc que els que hi esteu d’acord no la vulgueu regirar. Fet i fet, és vostra.

D’una banda, els que no som nacionalistes -o els que ens estimem més d’altres identitats- som rebutjats per l’11-S d’una manera definitiva, irrecuperable. No és precisament una festa que ajudi a integrar i unificar els ciutadans en un mateix sentiment cívic: ni els “rebels” que ja hi èrem aquí, ni els nouvinguts. Permeteu-me una petita broma: l’11-S, tal i com està concebut, és tirànic i exigent; no admet un canvi de plantejament; o t’hi sotmets amb delit o t’hi oposes; els seus sacerdots suprems vetllen any rere any per la seva puressa. Com les coses sagrades, vaja.

D’altra banda, és cert que aquest tipus de festes sovintejen a tots els països del món. No obstant, el problema de fons de la festa nacional de Catalunya no és l’exclosió, sinò el nombre d’exclosos. Siguem clars: si els “outsiders” fóssim quatre gats aquest article no faria al cas. Però el fet objectiu és que ens trobem massa ciutadans al marge d’una festa que sembla que hauria de ser de tothom o, almenys, repeteixo, així s’interpreta amb l’Estatut a la mà. I en som tants que ni la profussió desorbitada de banderes quatribarrades pot ofegar la nostra indiferència o, fins i tot, rebuig.

Fa anys que alguns pensem –i alguns partits polítics han fet seu aquest pensament- que, atès que existeix una demanda real de fixar una data rellevant per la comunitat, el dia que reuneix els requisits és el 23 d’abril. I no he assenyalat aquest dia perquè Sant Jordi sigui el patró de la Catalunya catòlica –que respecto, però la religió millor a casa de cadascú- sinò pel fet que aquest precís dia es la festa del Llibre i de la Rosa.

No m’estendré ara en arguments que hom coneix, però aquest dia propugna uns valors enterament cívics i contemporanis que fan d’una festa, en un principi religiosa, una celebració laica “com Déu mana” i amb la qual, de fet, tothom se sent còmode.

Malgrat tot, i amb tota sinceritat, als que la celebreu, us desitjo una bona Diada!

Crónica de los días consumidos

El Alarife ya se encuentra de nuevo entre nosotros, una libertad alegre sobrevenida a vuela pluma, como la del ave de vuelo raso y corto que despega de una tierra que hierve los talones. Para celebrarla, nuestro amigo escarba un lecho entre el lodo y las cañas donde sepultar su último botín, pero la música de las ferias de Agosto lo embelesa, suelta la pala y corre flechado a entonar su canción:

La Rumba neix al carrer
filla de Cuba i d’un gitanet
i sa germana que és l’Havanera
viu gronxadeta entre mariners.*

El Alarife se toma un descanso de tanto trajinar y, entre barrido y fregado, hace caso a un amigo y se emborracha con Marqués de Griñón mientras las cucarachas moradas –que según Emilio son carnívoras- ejecutan maniobras de paracaidismo sobre la última edición de la Guía Marca. Una bandada de periquitos –piensa el Alarife- debería erradicarlas de este edificio, si es que alguna vez un periquito ha engullido una cucaracha. ¡Ni que éstas fueran del Barça, leche! Y enfurecido consigo mismo, el Alarife estrella la botella de vino del buen marqués contra el suelo y su boca desdentada vuelve a entonar, como un conjuro contra las penas, otra alegre canción:

Enamorao de la vida
aunque a veces duela
si tengo frío
busco candela.**

Ya son las ocho y media. Es viernes, 29 de agosto. El Alarife se asea los pómulos y lanza al retrete el Revlon de guantera de Seat Panda. Antes de partir, se afea a sí mismo la cremosidad de los pechos, de manera que sumerje los sobacos en un agua densa de bellota. Mientras se enjuga con una toalla, piensa que ésta es su última función y, con cariño, se despide de los espejos. Tras el adiós dolorido, cierra con llave la entrada al escenario y toma la vereda de casa silbando una canción cualquiera del Gato.

* La Rumba de Barcelona – Gato Pérez; ** Volando voy – Kiko Veneno, interpretada tb. por Camarón

Mallorca 165

El desnudo es democrático, como la muerte

 

Julius Lange, citado en Hauser, Arnold “Historia social

de la literatura y el arte”

 

Mi agosto pasa irremediablemente por el vuelo número 165 que, de un momento a otro, despegará junto al hangar del Garaje Balear (sito en la acera opuesta) con destino a la isla de Mallorca. La negociación entre los trabajadores y la Administración de Fincas ha sido dolorosa porque ha conllevado ciertas renuncias mutuas pero, junto al acuerdo alcanzado, el gremio de conserjes agosteños está dispuesto, tras levantar el vuelo, a retirar la basura acumulada en la cabina y, si se tercia, a aplicar un poquito de limpiacristales en el bonito culo de las azafatas. Pero los chicos no están dispuestos a nada más. En todo caso, desde la comisión negociadora se ha propuesto una muy interesante competición de uniformes y sonrisas con el personal de a bordo para el que, desde luego, los conserjes venimos tan preparados como los corredores olímpicos. Depende de cómo se nos dé todavía podemos desviar el avión hacia Pequín para pasear nuestro porte gallardo por las tierras del Catay. Desde la patronal también se nos ha señalado, como una opción del todo prudente, aunque sea en vacaciones, el que proveamos nuestro equipaje de cubo y mocho (se entiende que, éste, retráctil), ya que las mayores turbulencias que han padecido algunos conserjes han sido las del ascensor de su edificio y, la mayor altura, las antenas de la azotea.

 

Sin embargo, el acontecimiento más importante, antes de despegar, consiste en la devolución de las llaves de la ciudad a sus legítimos dueños. Los pocos de estos que todavía sobreviven al calor de Barcelona, apostados en el portal, nos despiden lloriqueando con un pañuelo en una mano y blandiendo una escoba en la otra con esa cara amenazante de los impotentes. Ahí tienes a algunos de ellos –el mentón alto, el ceño fruncido- erguidos con un porte dramático que persigue ser señorial. Inconfundibles máscaras de sí mismos. Y es que tienen que empezar a acostumbrarse a que, este año, los conserjes agosteños están de vacaciones. Esa escalera que dicen que está descuidada no se limpiará porque esto no es un edificio que custodiar, es un hotel de cinco estrellas y estoy sentado en la recepción leyendo la prensa antes de darme un chapuzón en la piscina.

 

Desde luego, prometo una postal y una ensaimada desde mis vacaciones pagadas. El vuelo 165 con destino a Mallorca realizará su despegue en breves instantes. Son como dos semanas más.

Fotos y más fotos

 

He aquí algunas fotos:

La primera de ellas es del arco románico de la entrada del pueblo, el cual está adosado a una casa propiedad de mi familia.

La segunda foto es de una vista del Pilar de Zaragoza desde los pabellones de la Expo.

La tercera foto es del pabellón de España de la Expo.

La cuarta foto es de un pavo real subido a una rama de un árbol en el Campo Grande de Valladolid.

La quinta foto es una vista del pueblo desde los pinares donde capté unos zorros con mi cámara.

La sexta foto es también del arco del pueblo, esta vez desde fuera.

La séptima foto es de la vega al atardecer, tomada desde el pueblo.

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